jueves, 31 de mayo de 2012


Entre la sabiduría y la ignorancia 

 

− Es más que posible que las diversas inquietudes de algunos sean una mera siesta que conforme la vida de otros. Casi parece inadmisible levantarse y dar gracias al nuevo día cuando, tal vez, no signifique más que la impertinente repetición del día anterior. ¿Quiénes son los privilegiados: los ignorantes o los pensadores? Los pensadores supuestamente deben considerar muchos aspectos más sencillos de lo que realmente son. ¿Podríamos decir que tratan los temas con ignorancia? Por otro lado, los ignorantes son los que más afirman. ¿Serán por contra más sabios ?−. 

− ¡Vaya! Difícil dilema Sr. France. ¿Está usted cuestionando al mismísimo Aristóteles ?−.

− En absoluto Sr. Bronson, recuerde usted las afirmaciones de Galileo, no sin olvidar las suyas −. 

 Bronson rememoró frases de: Moliére, Moravia, Publio y muchos más, lo cual le condujo a una situación incómoda. France le observa. Contempla con enorme templanza cómo Bronson despeina sus largas patillas. − 

- Algunos consideran que la sabiduría es la habilidad que se amplifica a través de la experiencia, la irradiación de la reflexión, para así discernir la verdad y estar en posesión del juicio más curado. Otros afirman que la ignorancia es la carencia de conocimiento. También se considera que aquel que es capaz de controlarse hasta sonreír ante la mayor de sus adversidades, es el que ha llegado a poseer la sabiduría de la vida. Ante lo cual muy probablemente el que no posea esta cualidad sería un ignorante −. 

Pregunta el Sr. Bronson: − ¿señora, quien es usted para emitir tal juicio?−. 

 − Nadie. Le ruego disculpe mi intromisión, tan solo escuchaba y se me ocurrió aportar mi humilde opinión. Lo lamento −. 

 − Nada que lamentar. Le ruego tome parte en este debate. Responde el Sr. France −. 

− Manifiesto mi total acuerdo con unas palabras del Sr. Bronson que escuché aquí un día, él manifestó: “la enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia” −. Añade Margarit.

 − ¿Existe mayor ignorancia que la mía por no haberme percatado de su presencia? Porque realmente me causa cierta inquietud que se me pase por alto alguien como usted. Le comenta el Sr. Bronson −. 

La joven alega:- no. No diga usted eso, se lo suplico. Soy solo una observadora de la vida y me siento muy halagada por haber podido intercambiar algunas palabras con celebridades como ustedes −. 

Margarit, propietaria de una fisonomía muy similar a la de la emblemática actriz Rita Hayworth, sin precisar de interpretación alguna, era capaz de emanar una dulzura que bien se palpaba como el adorno más lustroso que simboliza a los ángeles. 

Se persona en la tertulia el Sr. Bacon. 

Margarit tenía sus reservas sobre las opiniones del mismo. Realmente siempre admiró más al Sr. Bruyere. El cual llegó apenas pasados dos minutos, tras El Sr. Bacon. No obstante, existía una frase del Sr. Bacon que siempre le llamó especialmente la atención: “la maravilla de un solo copo de nieve supera la sabiduría de un millón de meteorologistas”. Y otra del Sr. Bruyere que admiraba: “es una enorme desgracia no tener talento para hablar bien, ni la sabiduría necesaria para cerrar la boca”. 


Y así, sucesivamente, se incorporaban más “sabios” al citado encuentro. 

Sócrates hizo acto de presencia más tarde. Margarit, como diría el Sr. Asimov, estaba en total desacuerdo con algunas afirmaciones del citado filósofo, nunca le pareció acertada esta alegación: “no saber nada es un signo de sabiduría”. ¿Dónde quedaría pues el signo de la ignorancia, o, acaso se trata del mismo signo? Difícil y complicada interpretación. 

Acto seguido acude al encuentro el Sr. Baudelarie. Éste, tras percatarse de la presencia de Margarit, comenta: − la irregularidad, es decir, lo inesperado, la sorpresa o el estupor son elementos esenciales y característicos de la belleza −. 

El Sr. Catalina formula su réplica: − por muy poderosa que se vea el arma de la belleza, desgraciada la mujer que sólo a este recurso debe el triunfo alcanzado sobre un hombre −. 

Margarit se siente tremendamente dolida, inmersa en una hoguera donde ardía su desilusión. En ese momento le parecía que todos los presentes viajaban alrededor de su exterior sin importarles el protocolo que les había reunido. 

La Sra. Chanel que poseía una enorme intuición, tras ver los ojos de Margarit envueltos en un campo de cerezas a punto de derramar una inminente lluvia, expone su contrarréplica:
− las mujeres necesitamos la belleza para que los hombres nos amen, y la estupidez para que nosotras amemos a los hombres −. 

En ese instante, todos silencian, obviamente no deseaban exponer sus opiniones. Por un lado estaba la atrevida intervención del Sr. Catalina, por otro, la aguda sapiencia de la Sra. Chanel, no sin olvidar la expresión desvestida de sonrisa de Margarit. 

Ésta última, convertida en sepultura de paz, decide irse. Inicialmente se despide con estas palabras: − damas y caballeros esta tarde ha sido inolvidable para mí. Os agradezco muy sinceramente la luz de cada rincón de vuestra inteligencia. Debo acudir a mi trabajo. Ese es mi lugar −. 

El Sr. France se dirige a ella. -Por favor, Sra. Margarit tendría inconveniente en decirme dónde ejerce su actividad laboral-. 

-¡Oh no, ninguna! Cuido a un señor mayor que está enfermo. Es muy conformista. Todas las noches le tarareo una canción a modo de nana, es la única forma de que duerma. 

− ¿Quien es el conformista, usted o él? ¿Se puede ser feliz con semejante trabajo?−. Manifiesta el Sr. Bronson. 

− ¡Lo que no entiendo es cómo hemos compartido tertulia con semejante ignorante como usted!−. Exclama el Sr. Catalina. 

− El orgullo es un espejo severo donde la sabiduría no se reconoce −. Dichas estas palabras, Margarit marchó, dejando a todos desprovistos de ideas. 

El Sr. Bacon llama al camarero a fin de solicitarle el penúltimo café de la noche y también una copa de coñac. El camarero, un humilde servidor cuya calidad a la vista de todos era ver como sujetaba su sonrisa en todo momento, atiende rápidamente al citado Sr. Bacon. Conforme servía la comanda, dijo: − la sabiduría no es otra cosa que la medida del espíritu, es decir, la que nivela al espíritu para que no se extralimite ni se estreche. Es algo que aprendí de San Agustín −. 

− ¡Esto es el colmo! Exclama el Sr. Bronson −. 

La Sra. Chanel no podía hablar debido al elevado impulso que le propinaron sus propias carcajadas. 

El camarero regresa y dirigiéndose a todos comenta: − la Srta. que estaba con ustedes ha olvidado este manuscrito en la barra. Si alguien puede devolvérselo…De lo contrario, lo guardaré por si aún le quedan ganas de venir a este óbito de la sabiduría −. 

 − ¡Cómo es posible que este sirviente se atreva a hablarnos así. Tomaré las medidas precisas para que sea expulsado a la mayor celeridad de este lugar! −. Dice a gritos el Sr. Catalina. 

La Sra. Chanel, ahogándose en su propio regocijo, respira hondo y hace un comentario a este compañero: − te veo reflejado en la ignorancia, tu soberbia eclipsa cualquier sabiduría, qué digo sabiduría, no puedo dejarlo tan siquiera en nimia inteligencia. Yo me encargo del manuscrito e igualmente de que al camarero le suban el sueldo. Esta tertulia ha sido la mejor. Estoy plenamente satisfecha queridos todos −. 

Todos muestran su conformidad y, pese a que deciden avanzar en la tertulia, una sorpresiva niebla les alcanza, les enturbia y penumbra todo razonamiento. 

Entre tanto la Sra. Chanel, ante esa estación permanente donde los idealismos se herrumbran dando paso al destierro del ruido de los tambores cerebrales, aprovecha para iniciar la lectura del manuscrito. 

Varios de los contertulios solicitan al camarero a fin de saciar el nerviosismo a base de ingerir alguna copa. El camarero acude y toma nota de las comandas, las cuales sirve con gran profesionalidad. Una vez cobra la ronda, se le ocurre decir: “no me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia”. − Esto otro lo aprendí de Mahatma Gandhi. Un gran hombre…−. 

El Sr. France repara en el camarero, le considera un ser inteligente e idealista. Se dirige a él y le cuestiona: − soy imperfecto, por ello, preciso de la tolerancia y el bien de mis semejantes, igualmente sé que debo ser benévolo ante los defectos del mundo así, tal vez, pueda encontrar el remedio para acabar con este mal. Pero dígame: ¿quien es usted? −. 

− Lamento no poder darle una respuesta concreta. Solo puedo decir que os he desplazado en el tiempo. La mayoría de vosotros habéis perecido, algunos sin dejar buen ejemplo, pues la necedad no conduce a nada bueno, todo lo contrario. Estáis considerados genios. Pero realmente para alcanzar el reposo de los justos, debéis pasar la prueba a la que fue sometida Margarit. Leed su manuscrito, es en este documento donde realmente podréis comprobar la auténtica sabiduría y por ende enmendar vuestros errores. Ella ya alcanzó su lugar pues jamás le venció el orgullo. Porque como dijo nuestro amigo Félecité de Lamennais: “la fe comienza donde termina el orgullo”.− 


Madrid, 31 de mayo de 2012 
cristina garcia barreto.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Querida Cris:

También creo que la soberbia va unida a la ignorancia, aunque la ignorancia, no siempre va unida a la soberbia. Cierto es, que el sabio, puede creerse un ignorante debido a su gran humanidad y humildad.
El ser sabio, no implica solo (a mi entender) el tener conocimientos, sino el haberlos utilizado para avanzar como Ser Humano.

Son muy interesantes las reflexiones que pones en boca de unos personajes, y el fondo filosófico que le das a tus letras. Enhorabuena.

Recibe un fuerte abrazo,

Mª Jesús

azpeitia dijo...

Cristina, he actualizado tu página en la mía, con el fin de tener tus últimas publicaciones, que como esta me parecen muy interesantes y llenas de la profundidad que necesitamos, los que nos preguntamos sobre la vida...El solo sé que no se nada...es el empiece y el dilema sobre la sabiduria y la ignorancia me parece interesantísimo...Una vez más te felicito por tus inquietudes y tu deseo de profundizar en ellas...recibe con mi cariño, un fuerte abrazo de azpeitia

ALEJANDRO PÉREZ dijo...

Todo un tratado de Filosofía, querida Cris. En él, como bien titulas, conviven la sabiduría y la ignorancia. Una brilla cuando la otra no se ve. Ambas cualidades, sabiduría e ignorancia, se asocian para plantear un conflicto a humildes y soberbios, a necios e ilustrados. En esta sesión magistral de Filosofía, a través de una tertulia original, has aglutinado el pensamiento de todos los tiempos, desde 400 años a. C. casi hasta nuestros días. Has armonizado corrientes interpretativas de la condición humana y sus concepciones existenciales, con referencia directa a los grandes maestros de la antigüedad y pensadores más modernos, que tú has querido convertir en personajes de excepción. Con ese preciado material, nos has regalado, en el solaz de la cercanía, apreciaciones profundas, variadas, de lujo, sobre sentidos y conceptos de la vida, sin necesidad de irnos más allá del acontecer cotidiano. Felicidades. Gracias.

Además de todo eso, has demostrado con una trama asequible, sin barroquismos ni adornos circenses, demostrar a los amantes de los géneros —del relato en este caso— que no siempre es imprescindible describir los escenarios de la acción, pues los propios personajes ocupan todo el espacio, convirtiéndose en un decorado vital que no necesita de más adornos ni detalles. Tampoco es necesario, en obras de este nivel, presentar a los personajes, ni caracterizarlos; su psicología es tan rica, tan suya, que se definen y presentan solos con los gestos de su actitud interior y la aptitud que exteriorizan. Nos has dado otra lección magistral de cómo es posible romper con lo establecido y, a la vez, hacerlo mejor. Lo has conseguido.

Un abrazo, con mi admiración de siempre.

Alejandro

Anónimo dijo...

Sí, hacia arriba, admirada Cristina, va tu pensamiento. "Entre le
sabiduría y la ignorancia" es una pieza para releer. Nos lleva a la
reflexión. Me ha recordado los "diálogos de Platón", incluso algunas
páginas del "Decameron". ¿La sabiduría nos hace más felices? Yo diría
que nos madura como seres humanos y nos sitúa ante la trascendencia.
Somos lo que sabemos, lo que sentimos, la capacidad de amar que
hayamos ido acumulando. Tú te encuentras en uno de esos momentos de
plenitud intelectual y literaria que define la grandeza de una
personalidad. Saludos cordiales.

J.L.M.

Juan Pardo dijo...

No hay mayor ignorante que el que no cree necesitar aquello que desconoce.Genial entrada.Una brazo.

Mila Aumente dijo...

Ls sabiduría y la ignorancia caminan entre todos estos personajes de tan interesante relato. FELICIDADES.

Un besito.