El ágape de la marquesa de Montespino
William Crook era una reproducción exacta de Sir J. James: un leal servidor de la justicia y un sabueso resolviendo crímenes. Siempre dije que tenía cara de pan, sabéis a qué me refiero: mejillas rollizas, nariz inflamada, bigote con puntas redondeadas, frente despejada como una sabana y, en su rostro esférico, como punto a resaltar, un ridículo monóculo con la lente garabateada de huellas y otras diminutas partículas repulsivas.
Lo cierto es que sentía una fuerte aversión hacia él. Era el primer invitado que acudió a la cena que se celebraba en mi casa. Se me hacía insoportable permanecer a solas con él en la estancia. Encendí todas las velas blancas de mis candelabros, eran del modelo Fernando VII. Lo hice como aquel que advierte un aire endemoniado en el ambiente y necesita purificarlo. Siempre me he considerado buena anfitriona y muy detallista; además, para qué negarlo, me gusta lucir mis joyas, vajillas, cubiertos y que todos alaben mi decantación por los manjares más sibaritas. Sí, mis ágapes siempre han sido un éxito. La cena estaba prevista para las ocho de la tarde, pero Sir William se presentó a las siete menos quince minutos.
Llegué a aborrecer el pan redondo, su imagen. No sé, tal vez algún panadero se resintió con estos panes y les echó una maldición y su madre, en un antojo, decidió comérselos todos.
Estaba claro que mi animadversión hacia este invitado se acentuaba por segundos. Siempre ha existido este tipo de animosidad cuando vemos por primera vez a una persona, aunque realmente era la segunda vez que le veía. No sé el por qué. Solo sé que se produce y que también, por el contrario, podemos sentir simpatía. Ya sabéis que no es este el caso. Tampoco sabía si podría sonreír cuando llegasen el resto de los invitados, si es que hasta aparecer Sir William, mi estado era de real optimismo. ¡Ah! Pero él permanecía muy risueño, todo le parecía encantador: la casa, los jardines, la decoración, mi escote y hasta los diez dóberman que custodiaban mis bienes. ¿Por qué tenía que ser tan dichoso un aguafiestas? Tras un mutismo de apenas dos minutos -eternos en mi percepción temporal-, me decidí a preguntarle si deseaba tomar un aperitivo. Entonces dio rienda suelta a su risa estentórea. ¡Oh Dios, cómo le odiaba! Esos desenfrenados vocablos, ¡si, madame! ¡gracias, madame! ¡un placer, madame!, retumbaban como pesadillas para mis oídos en un furor casi agotado. Toqué la campanilla de aviso para que se presentase mi mayordomo, le dije: tenga a bien servir a nuestro invitado una copa de Châteaou Petrus, yo tomaré otra. Este contestó: a su servicio señora; permítame anunciarle que el padre Adams acaba de llegar. Le respondí de inmediato: haga usted pasar a su eminencia y sirva otra copa para él, encárguese de guardar la vajilla de bohemia, hoy es propicio servir la cena en la de plata.
El padre Adams mantenía una estrecha amistad conmigo, él era mi amante, mi confesor y cómplice. De haber tardado más en presentarse me habría clavado las uñas en el envés de las manos. Una vez entró al salón se me desparramó el vino, estaba francamente nerviosa. Me besó como a una feligresa, siempre supimos mantener nuestro secreto, también me obsequió con un ramo de flores de diversos colores, eso es símbolo de buena suerte.
Al poco llegaron todos: Sir Thomas con su esposa bulímica, Sir Propsma, Sir Flambeau y el mismísimo Sir J. James.
En breves instantes se inició la velada. Esta consistía en una cena muy especial. De entrantes: Polenta al más puro estilo italiano, Seliodka vaina shuboy delicatessen de Rusia, exquisitos quesos griegos: feta, kefalotyri, kasseri y mizithra además de un gran surtido de canapés, especialmente de carne. Como plato estrella una exquisitez turca muy apreciada: Adana Kebap. Todo esto regado por un Sauvignon St. Elena. ¿Os preguntaréis por el marisco o el pescado? Los ingredientes de la cena tan solo debían ser de carne, los quesos y algunos de los canapés cumplían la función de disimular.
Los comensales quedaron absolutamente extasiados, no sé si por gula o por la encomiable elaboración de los alimentos. Mientras comían nadie pronunció palabra. Los postres consistían en melocotones con carne picada, toda una novedad. Ya os lo dije, siempre he sido la mejor anfitriona de mis fiestas. Al fin llegó el café y, cómo no, licor de Amarula.
Los perros permanecían en silencio, también ellos fueron premiados con un gran manjar.
Tras la copiosa cena llegó el momento de poner en práctica el entretenimiento más divertido para Sir James. Consistía en narrar alguna historia criminal y, entre todos descubrir o, al menos intentarlo, al culpable. De nuevo irrumpió Sir William con su estridente risa y exclamó: ¡Oh, esta es la parte más cautivadora de la velada! ¿No opina usted lo mismo madame? Le respondí: Por supuesto Sir William, siempre es un alimento mental agudizar el ingenio. Me dirigí a todos y les pregunté: ¿os complace dama y caballeros participar en el juego de Sir James? La mayoría exclamó casi al unísono: Por supuesto que sí, así también nosotros podremos agudizar nuestro ingenio…Sir Propsma parecía contrariado, miraba constantemente su reloj sin dejar pasar un minuto y murmuraba palabras ininteligibles.
Pasamos todos al salón, nos fuimos acomodando. Como ya era de costumbre, Sir James procedió a preparar su tabaco para disponerse a fumar en pipa. Él siempre permanecía lo más cercano posible a la chimenea. Era un ser reservado. Jamás acudía con su esposa a ninguna fiesta. Pronto nos sirvieron el té y unos suculentos pastelitos que había elaborado personalmente.
La risa de Sir William seguía repitiéndose con demasiada frecuencia, su parecido con el pan redondo se acrecentaba por segundos. El padre Adams, que me conocía desde la pila bautismal, se percató de la irritación que me producía aquella maldita risa.
Pues no veo la gracia. Le contesté con aspereza sintiendo que la cara se me secaba por momentos.
Me miró algo aturdido, y luego empezaron a crecerle las mejillas cada vez más sonrojadas.
De nuevo empezó a reír:
¡Ja, ja!... ¡Esto sí que es bueno!... ¡Que no le ve la gracia madame!... ¡Ja, ja, ja!... ¡Que no se la ve! ¿Pero no estaba su marido en las Indias, en ese lugar tan lejano?
Después de una breve espera, llegó el momento de poner en práctica mi maquinación.
Antes de pronunciar palabra, la señora de Sir Thomas, por primera vez habló: mi querida madame esposa del marqués de Montespino ¿acaso vos no sabéis que vuestro amado fue visto por estos lares hace apenas tres días, cómo pues puede estar en las Indias? ¡Oh, Santo cielo sufro mareos creo que me voy a desmayar!
Sir Thomas, rápidamente abrió la puerta del salón y se dispuso a llevar al jardín a su esposa a fin de que oxigenara su cuerpo.
Sir James permanecía expectante inhalando el humo de su pipa sin pronunciar palabra.
De forma imprevista uno de mis obedientes dóberman irrumpió en el salón. Apretado a su mandíbula portaba un hueso bien considerable de tamaño. Esta vez, Sir William no esbozó sonrisa alguna.
Actué con la mayor celeridad posible, acaricié al endiablado perro en tanto le sacaba al jardín. Me resultó imposible arrancarle el hueso. Tras el percance me mostré tranquila, pedí disculpas por el lamentable suceso, culpé al servicio.
Sir Propsma era un apuesto y adinerado caballero proveniente de Holanda. Se acercó a mí y me pidió conversar a solas. Lo cual aprobé de inmediato. Salimos al jardín. Por su frente caía una ligera llovizna salina, sus manos padecían movimientos sísmicos y el habla, sobre todo, el habla, parecía emitir palabras al revés. Al verle en tal estado fui a por tila. Me mostró su agradecimiento pero tenía dificultades para sostener la taza, se la sujeté, y sorbió hasta la última gota. Tras un breve interludio, me dijo: madame, vos sabéis que os tengo en gran estima, más que eso, me atraéis no imagináis hasta donde pero aquí están sucediendo cosas muy extrañas. Me dije: pon en práctica tu maquinaria, verás que puedes. Posteriormente, le respondí: Agradezco Sir Propsma sus palabras son todo un honor para mí máxime proviniendo de vos. Él insistió: Es mío el honor madame, pero como ya le he comentado, percibo algo misterioso esta noche. Debo manifestar que el hueso que mordía su perro era un fémur y juraría que humano. No olvide usted que además de negociante soy médico. Entonces fingí un repentino desvanecimiento.
Sir Propsma entró al salón. Dio parte de mi indisposición. Todos, a excepción de Sir James, me acompañaron a mis aposentos, incluida la señora de Sir Thomas que había mejorado considerablemente. El padre Adams ventilaba mi rostro con un flabelo egipcio en tanto sujetaba apretadamente mi mano izquierda; mi leal mayordomo me preparó un licor de hierbas, aduciendo que padecía de presión arterial sistólica. Lo cierto es que él sabía que debía tomar un trago contundente de alcohol. Ya me estaba cansando de mi simulacro. Sir Flambeau, que era el ser más insípido del universo, además de padecer una intolerable halitosis, me gritó al oído: madame, ¿mejora usted? Mi plan consistía en hacer que me recuperaba gradualmente. Desperté mostrando cierta confusión, abrí los ojos lentamente y miré como aquel que no recuerda nada, al mismo tiempo, manifesté rostro de sorpresa al verme encamada y circundada por mis invitados. Con un leve tono de voz, pregunté: ¿Qué ha ocurrido, por qué estoy en cama? Sir Propsma respondió: ¿No recuerda que ha sufrido en achaque? Estábamos muy preocupados por su salud. Celebro que haya vuelto en sí. El padre Adams añadió: La marquesa de Montespino es una dama extremadamente delicada y no puede recibir disgusto alguno, espero Sir Propsma que su diálogo con ella en el jardín no haya propiciado esta situación. Sir Propsma se mostró prudente.
Irrumpe el mayordomo nuevamente en mis aposentos y anuncia: Sir James me ordena comentaros que os espera en el salón con el ruego de que todos acudáis para dar comienzo al pasatiempo pendiente. Atendimos este requerimiento y ya, sin más dilación, acudimos junto a Sir James.
Al vernos exclamó: ¡Por fin damas y caballeros os halláis visibles, ya empezaba a aburrirme! Sir William, volvió a sonreír de esa forma retumbante que tanto aborrecía. A continuación le consultó a Sir James: Estimado James ¿Cual es la historia que ha decidido exponer esta noche? Sir James encendió nuevamente su pipa, y al tiempo que exhalaba humo por su boca, respondió: La historia de esta noche ya ha dado comienzo Sir William.
Todos le miramos con asombro. Sir Thomas exclamó: ¿Que ha dado comienzo, cuándo…?
Sir James, con ese aire carismático que le caracteriza, empezó a hablar: Al igual que la Sra. de Sir Thomas yo también he visto al marqués de Montespino, así pues no está en las Indias, eso es obvio. Por otro lado, ¿alguien ha escuchado algún ladrido de esos feroces dóberman? ¿Qué me decís del hueso que portaba el perro que irrumpió en palacio? Yo aseguraría que era un fémur. ¿Cuál es su apreciación Sir Propsma? A vos madame la he visto muy nerviosa mientras charlaba en el jardín con Sir Propsma. ¿Tal vez por eso sufrió esa repentina indisposición? Por otro lado, ¿es cierta la rumorología de que mantiene usted una estrecha relación con el padre Adams? Muchos comentan que sois amantes. Es posible que su esposo fuese un impedimento en su vida. Y también es más que probable que decidiese deshacerse de él. Corríjame si me equivoco madame. Sir Williams comentó: En efecto Sir James, yo también me he percatado de todos los detalles que usted asevera en sus observaciones, es más, me ratifico con sus palabras. Añade Sir James: ¿Y vos Sir Propsma nada tiene que decir respecto al hueso? Sir Propsma responde: No cabe la menor duda de que se trataba de un fémur. Sir James insiste: Sí, claro ¿pero humano? Sir Propsma con voz temblorosa dijo: Sí, humano.
Tras una impaciente y desasosegada espera, replico algo exaltada: ¡Sir James no le permito este tipo de acusaciones ante mis invitados y aún menos en mi casa! Le ruego de inmediato tome a bien marchar. De nuevo irrumpe Sir William: ¡Ja, ja!... ¡Esto sí que es aún mejor!... ¡Qué genio repentino el suyo madame!... ¡Ja, ja, ja!... ¡Se siente acusada! Pero su marido no está en las Indias…Díganos qué ha hecho con el pobre desdichado. Sir Flambeau interviene: ¿Es probable que nos lo hayamos comido? Toda la cena –a excepción de los quesos- incluido el postre, estaba elaborada con carne y puede que los desperdicios del cuerpo mantuvieran a los perros en silencio. También de ahí que apareciese ese fémur humano.
El padre Adams se apresuró a socorrerme: ¿Cómo osáis acusar de asesinato a la marquesa de Montespino?
Lo cierto es que todos quedaron impactados ante la alegación de Sir Flambeau. Apenas pasados unos segundos, ante la terrible sugestión que padecían empezaron a vomitar la cena. La mayoría exclamaron: ¡Claro por eso la carne se elaboró con tantas especias¡ ¡Dios nos hemos comido al marqués! ¡Debemos denunciar este crimen! ¡Sir James llame usted de inmediato a la policía! ¡La marquesa no debe quedar impune! ¡Asesina, asesina…!
En aquel momento vi como la cara de Sir Wiliam se alargaba, lentamente experimentó la metamorfosis de pasar de pan redondo a una baguete. Regurgitó su estúpida sonrisa, además de la cena. Por mucho que me incriminasen, no sé si podría perdonarle su crimen, el de existir. Siempre me resultó un ser abominable. Mi desgracia aumentaba la felicidad de la mayoría de los presentes. Habían resuelto el crimen casi perfecto. Eso les ensanchaba el ego.
Encendí un cigarrillo, realmente habría prendido fuego sobre las barbas y bigotes de algunos. Me mostré templada. Incluso un aire alegre acariciaba mi rostro en tanto la policía estaba al llegar.
Y así fue. Una vez se presentaron los agentes, los invitados –a excepción del padre Adams- verbalmente me denunciaron.
Un agente comentó: Madame, no ha existido jamás una mujer semejante a usted. ¡Qué atrocidad, cómo lamento que su bella cabeza sea guillotinada! Una dama con su fortuna…
En ningún momento permití que mi cara mostrase expresión de pena, por poca, por ligera que ésta hubiera sido; no, no deseaba conceder tal gusto a mis acusadores.
Antes de ser esposada se presentó el marqués de Montespino. Acudió a abrazarme y me pregunto: ¿Qué tal la velada amada esposa? Todos quedaron boquiabiertos. Sir James manifestó: ¿Qué es esto, acaso habéis jugado con nosotros? ¿Y el fémur? ¿Y la carne? El padre Adams intervino: El fémur fue encontrado en una excavación próxima a mi parroquia Sir James, esta misma noche me dispondré a colocarlo en su lugar de origen, pues mañana vendrá un equipo de paleontólogos para examinarlo. El marqués de Montespino interviene: ¿La carne? La traje hace tres días de las Indias. ¿Acaso no era de vuestro agrado?
Los agentes se sintieron indignados y tras pedirme disculpas por doquier me preguntaron: ¿Madame desea usted que encarcelemos a estas deplorables personas por las graves vejaciones y acusaciones que han vertido contra vos? Respondí: No, claro que no, son mis invitados, tan solo jugábamos a un acertijo y han perdido. Eso es todo.
De lejos, más allá del jardín diría que a la altura de la cancela escuchaba la voz de Sir Wiliam…¡Ja, ja!... ¡Esto sí que ha sido extraordinario!... ¡Genial madame! ...¡Ja, ja, ja!... ¡Nos ha ganado a todos, incluso al mismísimo Sir James! ...¡Ja, ja, ja!...
Como os dije todos mis ágapes siempre son un éxito.
Madrid, 24 de Noviembre de 2011
Cristina García Barreto