lunes 20 de febrero de 2012

“Pre…Meditar”

Raquel acude por primera vez a una clase de yoga, en realidad se trataba de un taller intensivo de relajación, de hallar el silencio interior. Observa con qué facilidad meditan los allí presentes. A ella le resulta impracticable, sus pensamientos imposibilitan que se relaje. El maestro se percata de su conducta pero decide pasarla por alto − al menos de momento −. Al cabo de una semana, Raquel sigue sin poder hacer un solo ejercicio correctamente, no logra adquirir las posturas apropiadas y su pecho parece envuelto por un corsé de acero, por lo cual, tampoco respira adecuadamente.

Al finalizar la clase el maestro le pide que se quede para hablar con ella. Le pregunta: Raquel − ¿sabes en qué consiste el yoga?− Esta le responde: − supongo que en aprender a relajarme a través de los ejercicios y la respiración −. − Verás alumna, yoga (del sánscrito ioga) se refiere a una tradicional disciplina física y mental
que se originó en la India, lugar dónde aprendí este arte. Llevas una semana en mi taller y pese a mis indicaciones y el enorme espejo que ocupa todo el frontal del aula donde fijan la mirada tus compañeros y desde el cual te contemplo me he percatado de que posees una conducta anegada y que, además, distrae al grupo. Dime: ¿qué te ocurre? Eres joven, tienes compañeras de ochenta años que ponen todo su empeño y lo hacen bien −. Raquel se siente intimidada, avergonzada e incluso regañada. El oxígeno no le llega a la cabeza, toma aire y responde: − maestro, los pensamientos y las imágenes mentales no me dejan meditar; cuando se van unos instantes, regresan con más fuerza. No puedo meditar. No me dejan en paz −.

El maestro le dice: − mañana sábado nos vemos en el parque del Retiro. Te espero a las nueve de la mañana, procura desayunar cinco piezas de fruta, nada más. Y no admito la mínima negación por tu parte. No me preguntes por qué −.

Raquel se dio la vuelta con un giro que levantó la más ínfima partícula de motilla del suelo. Estaba indignada. Al llegar a su casa se atiborra de ansiolíticos mezclados con Glenfiddich. Tan solo el hecho de pensar que debía madrugar, tomar fruta − de la que además no disponía − y coger el metro, le llevan al borde de una lipotimia sumada a un ataque de ansiedad. 

Llegó el sábado, cuando despierta eran las doce treinta del medio día. Era tal su desesperación que vuelve a tomar ansiolíticos esta vez sin whisky pues lo había terminado, pero recurre a una botella medio llena de Bombay Sapphire.

Cree escuchar el timbre de su puerta, se mete en la cama. El timbre volvía a sonar reiteradamente. Se levanta, por la mirilla ve al maestro. Regresa a la cama. El maestro sigue insistiendo ya no únicamente pulsando el timbre sino golpeando con fuerza la puerta.
Raquel se siente ausente, su boca − hace ya tiempo − le negó cualquier sonrisa, solo traga en silencio palabras de fuego y jamás ha querido que nadie alcanzara a llamar a su pórtico. Eso le parece inadmisible. Está arraigada a los gritos de soledad que batean sus oídos. Consume los días sin aprovecharlos, no era un inútil pretexto de lo que inevitablemente le había ocurrido. Porque algo le llevó a abrazarse al hielo.

Tras dos horas sin escuchar ningún toque, parece que las estrellas dejan de explosionar en su cabeza. El día va oscureciendo. Y ella se esconde nuevamente entre sus sábanas.

Al cabo de dos horas, vuelven las llamadas más resonantes e ininterrumpidas.

Raquel se dirige hacia la puerta de puntillas, observa a través del ventanillo y ve al maestro. En ese día se siente como si hubiese muerto el anterior. ¿Sería aún posible devolverle la vida?

Está tan agobiada por lo que ya parece inevitable que decide abrir la puerta.

El maestro le dice: − mi experiencia me ha llevado a comprender que no soy inmune al sentimiento y sé que necesitas ayuda. Mírate al espejo y dime si no sientes rechazo por tu aspecto −.

Ella le mira con ira y le responde: − hace mucho tiempo que tengo pesadillas −.

El maestro entonces le dijo: − de acuerdo. Ahora sostén en tu mano esta daga. Siéntame y medita −. Ella obedece. Al cabo de un rato el maestro le ordena: − ¡deja la daga!− Raquel así lo hizo y la daga obviamente cayó al suelo. Mira a su maestro con odio contenido y éste le pregunta: − ahora dime quién sustentaba a quién, ¿tú a la daga, o la daga a ti?− Ella invita al maestro a que pase a su estancia más privada.

Una vez en su despacho, el maestro contempló que todas las paredes estaban empapeladas de títulos profesionales de su alumna tales como: karate, yoga, goshin-defensa personal, artes marciales mixtas, wing chun, ken jutsu, kick boxing, aikido, jiu-jitsu, taekwondo, hapkido, kung-fu, wu-shu, ninja, kendo, tai-chi, muay-tai, judo… 

Raquel se desviste y le muestra al maestro el horror de su cuerpo repleto de cicatrices. Coge la daga y le hace una incisión en el pecho luego le interroga: − ¿no recuerdas que yo fui tu maestra y te puse el mismo ejemplo? ¿No recuerdas que por intentar salvarte la vida casi me matas? ¿No lo recuerdas? − El “maestro” nunca supo que era ella debido a la cirugía plástica en su cara. Él le suplica encarecidamente que deje la daga, que lo lamenta muchísimo y que, por aquel entonces, cuando ella rechazó sus súplicas de amor, enloqueció. 

Raquel le dejó una cicatriz en todo el torso con su nombre y le dijo: − este es el pacto de sangre que juré y ahora sí olvidarás quien fui porque ya no soy −. 

Seguidamente Raquel llama al que fue su maestro en India, muy decidida le comenta: − regreso, ya respiro. Gracias por impartir clases a mis alumnos durante mi ausencia −.


Madrid, febrero de 2012
cristina garcia barreto


miércoles 1 de febrero de 2012

Imaginar


Marcelo era consciente de que toda la pobreza de su mente no resultaba difícil de imaginar, tan solo bastaba con poner su cara frente a otra. Se sentía pequeño al compararse con aquella realidad que durante largo tiempo le acompañó. Intuía que aún existía pero no sabía dónde.

Decidió auto-obsequiarse, dejar de imaginar y estar en plena posesión existencial. Está claro que la imaginación en momentos es muy recurrente: resplandece un bello atardecer otoñal, ofrece sinfonía de mar, de viento, pinta los campos de flores radiantes, abre sendas de sueños, te estrecha a la almohada de un amor somnoliento, conduce a otra imaginación más misteriosa de lo que se pueda “imaginar”. Sí, pero la intención de Marcelo era cruzar esa imaginación para alcanzar su realidad. Él no quería pedigríes de raza alguna danzando sobre sus pies y menos si jugaban al escondite ni perfumes de rosas que no tuviesen el aroma que retuvo en sus adentros. Quería la felicidad hecha realidad, no una fantasía que le condujese hacia ella. Se cansó de apariciones y de sentir como levitaba su cuerpo para acabar tendido sobre el suelo. No podía con más golpes ni tan siquiera deslizarse por el Edén sin estar muerto. 

Para él los conceptos estaban claros. Siempre supo que la razón habitaba en su pensamiento y que la imaginación bien podía equivocarse pese a forjar un universo de la nada.

Marchó al Norte de Francia, concretamente a observar los dibujos y la estela asociada a los mismos que se encontraban en las cuevas de L’Oiseau. Esa estela representaba la incisión que Marcelo precisaba para curar su corazón. Los colores desgastados de los dibujos se impregnaron en su rostro y no precisamente por la humedad del mar, todo lo contrario, por buscar la verdad, por encontrar a Anne.

Redujo su diccionario a tres palabras: “si”, “no” y “Anne”.

El la recordaba con un precioso vestido largo danzando entre los níveos frutos pubescentes de los almendros.

De repente se sintió hablando con la muerte: − buenos días vegetal, ya llevas veinte años entubado a la maquinita. Hoy hace un día estupendo en el parque. Los pájaros revolotean, los niños juegan, tenemos un airecillo estupendo que nos refresca y no digamos la temperatura ¿qué más se puede pedir abuelo, dime, te desconecto? No olvides que ya ansiamos heredar −. Marcelo reaccionó, despertó del coma. El nieto le pregunta: − ¿te sientes bien así postrado en la cama de este nimio espacio hospitalario? −. El abuelo le responde moviendo su cabeza de izquierda a derecha:
no −. El nieto insiste: − sabes que no podrás moverte jamás, ¿te desconecto de la respiración asistida?−. El abuelo mantiene silencio. El nieto le dice: − viejo tú siempre tan chistoso. No calles que me resulta incómodo. Ya sé lo que pretendes, demorar la entrega de tu patrimonio. Venga vamos al grano, demente y achacoso mortal. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!. La muerte ya te visitó hace mucho ¿de qué te preocupas si no inventaste el tiempo y este te ha esclavizado durante dos décadas? ¿hablamos?− Marcelo consciente de que jamás podrá alcanzar su mayor necesidad, la felicidad, supo que en todo ese tiempo que permaneció dormido solo intentó solucionar su problema de forma simbólica, es decir, a través del sueño. Vuelve a gesticular e intenta expresar que desea escribir algo. Su nieto se percató y le facilitó los medios. Marcelo escribió: ¿Anne? − ¡Vaya!− Replica su descendiente. − ¿Es que no recuerdas que tuviste un accidente con esa tal Anne en una escapada que hiciste a Francia? Ella pereció. Abuela y madre jamás te lo perdonaron por eso solo yo he venido a verte − 

Marcelo pensaba en la estela de las cuevas francesas e imaginaba a los almendros madurando frutos amargos al tiempo que la imagen de Anne se atenuaba hasta extinguirse.

¿Dime abuelo quieres irte? − Con lágrimas incipientes en sus ojos y tras haber logrado gesticular dos palabras de su diccionario, ya solo le quedaba una: −



Madrid, 1 de febrero de 2012
cristina garcia barreto.



miércoles 11 de enero de 2012

Sugestión


Julia anduvo sin volver la vista, tal vez pensó que de hacerlo podría haberse percatado del Terror colgado a sus pasos.

Ese Terror que siempre, según ella, le inculcaron desde la pila bautismal. Si jamás se lo hubiesen descrito así con ese significado tan pavoroso, no se sentiría víctima de su presencia. Ahora teme al Terror quizá por mera sugestión, lo cual le convierte en presa cobarde de sus antojos. Lo más deficiente para ella es que de no haber sabido de su existencia, nunca se hubiese sentido perseguida por un fantasma que corona de oscuro su vida.

Dialoga con el tarot de la fortuna por miedo a su destino. Piensa: ¿Y si es una mentira que se arraigó a la inocencia de mi mente cuando ésta aún no estaba crecida? Se propone romper ese engaño con gritos de desafío a su razón, dejar en una urna mitos malignos y rogar un milagro que le permita derramar la última lágrima de una insana lluvia.

De forma intrépida, Julia decidió volver la mirada con el deseo de contemplar un cultivo de amapolas limpias de espectros y absurdos. Pero el Terror fue más allá, ya habitaba en su corazón. Ella no entendió que sus padres jamás quisieron romper sus ilusiones e intentaron ahuyentar la fantasía de un amor que, como la niebla espesa, cubriría de pánico todas sus esperanzas.

Ese amor que le infundió sus miedos. Ese amor con el que se casó… Y sus familiares, con el real sentimiento, no pudieron impedir.

La luz de Julia no se apagó por sí sola, fue asesinada por ese lazo que contrajo, el cual la dejó perdida en la más confusa invidencia.


10 de enero de 2012
cristina garcia barreto.


miércoles 4 de enero de 2012

Dos hermanos


Si el corazón está fragmentado
con presuntos beneficios perdidos
y llora sangre de puro sentimiento.
Entonces, pese a la carencia de la fuerza
motriz del cuerpo, su amo,
por cada gota que ha vertido
en su pecho destrozado,
hace que florezcan sus mejores actos.
Es el revivir de un corazón casi extinto
que al pender de las arterias de otro corazón exánime
éstas logran encender la batería del suyo
y arranca, arranca, arrancan...
Dejando ambos atrás
las páginas caducas de su vida
para escribir un nuevo libro.



jueves 24 de noviembre de 2011

El ágape de la marquesa de Montespino

William Crook era una reproducción exacta de Sir J. James: un leal servidor de la justicia y un sabueso resolviendo crímenes. Siempre dije que tenía cara de pan, sabéis a qué me refiero: mejillas rollizas, nariz inflamada, bigote con puntas redondeadas, frente despejada como una sabana y, en su rostro esférico, como punto a resaltar, un ridículo monóculo con la lente garabateada de huellas y otras diminutas partículas repulsivas.

Lo cierto es que sentía una fuerte aversión hacia él. Era el primer invitado que acudió a la cena que se celebraba en mi casa. Se me hacía insoportable permanecer a solas con él en la estancia. Encendí todas las velas blancas de mis candelabros, eran del modelo Fernando VII. Lo hice como aquel que advierte un aire endemoniado en el ambiente y necesita purificarlo. Siempre me he considerado buena anfitriona y muy detallista; además, para qué negarlo, me gusta lucir mis joyas, vajillas, cubiertos y que todos alaben mi decantación por los manjares más sibaritas. Sí, mis ágapes siempre han sido un éxito. La cena estaba prevista para las ocho de la tarde, pero Sir William se presentó a las siete menos quince minutos.

Llegué a aborrecer el pan redondo, su imagen. No sé, tal vez algún panadero se resintió con estos panes y les echó una maldición y su madre, en un antojo, decidió comérselos todos.

Estaba claro que mi animadversión hacia este invitado se acentuaba por segundos. Siempre ha existido este tipo de animosidad cuando vemos por primera vez a una persona, aunque realmente era la segunda vez que le veía. No sé el por qué. Solo sé que se produce y que también, por el contrario, podemos sentir simpatía. Ya sabéis que no es este el caso. Tampoco sabía si podría sonreír cuando llegasen el resto de los invitados, si es que hasta aparecer Sir William, mi estado era de real optimismo. ¡Ah! Pero él permanecía muy risueño, todo le parecía encantador: la casa, los jardines, la decoración, mi escote y hasta los diez dóberman que custodiaban mis bienes. ¿Por qué tenía que ser tan dichoso un aguafiestas? Tras un mutismo de apenas dos minutos -eternos en mi percepción temporal-, me decidí a preguntarle si deseaba tomar un aperitivo. Entonces dio rienda suelta a su risa estentórea. ¡Oh Dios, cómo le odiaba! Esos desenfrenados vocablos, ¡si, madame! ¡gracias, madame! ¡un placer, madame!, retumbaban como pesadillas para mis oídos en un furor casi agotado. Toqué la campanilla de aviso para que se presentase mi mayordomo, le dije: tenga a bien servir a nuestro invitado una copa de Châteaou Petrus, yo tomaré otra. Este contestó: a su servicio señora; permítame anunciarle que el padre Adams acaba de llegar. Le respondí de inmediato: haga usted pasar a su eminencia y sirva otra copa para él, encárguese de guardar la vajilla de bohemia, hoy es propicio servir la cena en la de plata.

El padre Adams mantenía una estrecha amistad conmigo, él era mi amante, mi confesor y cómplice. De haber tardado más en presentarse me habría clavado las uñas en el envés de las manos. Una vez entró al salón se me desparramó el vino, estaba francamente nerviosa. Me besó como a una feligresa, siempre supimos mantener nuestro secreto, también me obsequió con un ramo de flores de diversos colores, eso es símbolo de buena suerte.

Al poco llegaron todos: Sir Thomas con su esposa bulímica, Sir Propsma, Sir Flambeau y el mismísimo Sir J. James.

En breves instantes se inició la velada. Esta consistía en una cena muy especial. De entrantes: Polenta al más puro estilo italiano, Seliodka vaina shuboy delicatessen de Rusia, exquisitos quesos griegos: feta, kefalotyri, kasseri y mizithra además de un gran surtido de canapés, especialmente de carne. Como plato estrella una exquisitez turca muy apreciada: Adana Kebap. Todo esto regado por un Sauvignon St. Elena. ¿Os preguntaréis por el marisco o el pescado? Los ingredientes de la cena tan solo debían ser de carne, los quesos y algunos de los canapés cumplían la función de disimular.

Los comensales quedaron absolutamente extasiados, no sé si por gula o por la encomiable elaboración de los alimentos. Mientras comían nadie pronunció palabra. Los postres consistían en melocotones con carne picada, toda una novedad. Ya os lo dije, siempre he sido la mejor anfitriona de mis fiestas. Al fin llegó el café y, cómo no, licor de Amarula.

Los perros permanecían en silencio, también ellos fueron premiados con un gran manjar.

Tras la copiosa cena llegó el momento de poner en práctica el entretenimiento más divertido para Sir James. Consistía en narrar alguna historia criminal y, entre todos descubrir o, al menos intentarlo, al culpable. De nuevo irrumpió Sir William con su estridente risa y exclamó: ¡Oh, esta es la parte más cautivadora de la velada! ¿No opina usted lo mismo madame? Le respondí: Por supuesto Sir William, siempre es un alimento mental agudizar el ingenio. Me dirigí a todos y les pregunté: ¿os complace dama y caballeros participar en el juego de Sir James? La mayoría exclamó casi al unísono: Por supuesto que sí, así también nosotros podremos agudizar nuestro ingenio…Sir Propsma parecía contrariado, miraba constantemente su reloj sin dejar pasar un minuto y murmuraba palabras ininteligibles.

Pasamos todos al salón, nos fuimos acomodando. Como ya era de costumbre, Sir James procedió a preparar su tabaco para disponerse a fumar en pipa. Él siempre permanecía lo más cercano posible a la chimenea. Era un ser reservado. Jamás acudía con su esposa a ninguna fiesta. Pronto nos sirvieron el té y unos suculentos pastelitos que había elaborado personalmente.

La risa de Sir William seguía repitiéndose con demasiada frecuencia, su parecido con el pan redondo se acrecentaba por segundos. El padre Adams, que me conocía desde la pila bautismal, se percató de la irritación que me producía aquella maldita risa.
Pues no veo la gracia. Le contesté con aspereza sintiendo que la cara se me secaba por momentos.
Me miró algo aturdido, y luego empezaron a crecerle las mejillas cada vez más sonrojadas.

De nuevo empezó a reír:
¡Ja, ja!... ¡Esto sí que es bueno!... ¡Que no le ve la gracia madame!... ¡Ja, ja, ja!... ¡Que no se la ve! ¿Pero no estaba su marido en las Indias, en ese lugar tan lejano?
Después de una breve espera, llegó el momento de poner en práctica mi maquinación.
Antes de pronunciar palabra, la señora de Sir Thomas, por primera vez habló: mi querida madame esposa del marqués de Montespino ¿acaso vos no sabéis que vuestro amado fue visto por estos lares hace apenas tres días, cómo pues puede estar en las Indias? ¡Oh, Santo cielo sufro mareos creo que me voy a desmayar!
Sir Thomas, rápidamente abrió la puerta del salón y se dispuso a llevar al jardín a su esposa a fin de que oxigenara su cuerpo.
Sir James permanecía expectante inhalando el humo de su pipa sin pronunciar palabra.

De forma imprevista uno de mis obedientes dóberman irrumpió en el salón. Apretado a su mandíbula portaba un hueso bien considerable de tamaño. Esta vez, Sir William no esbozó sonrisa alguna.
Actué con la mayor celeridad posible, acaricié al endiablado perro en tanto le sacaba al jardín. Me resultó imposible arrancarle el hueso. Tras el percance me mostré tranquila, pedí disculpas por el lamentable suceso, culpé al servicio.

Sir Propsma era un apuesto y adinerado caballero proveniente de Holanda. Se acercó a mí y me pidió conversar a solas. Lo cual aprobé de inmediato. Salimos al jardín. Por su frente caía una ligera llovizna salina, sus manos padecían movimientos sísmicos y el habla, sobre todo, el habla, parecía emitir palabras al revés. Al verle en tal estado fui a por tila. Me mostró su agradecimiento pero tenía dificultades para sostener la taza, se la sujeté, y sorbió hasta la última gota. Tras un breve interludio, me dijo: madame, vos sabéis que os tengo en gran estima, más que eso, me atraéis no imagináis hasta donde pero aquí están sucediendo cosas muy extrañas. Me dije: pon en práctica tu maquinaria, verás que puedes. Posteriormente, le respondí: Agradezco Sir Propsma sus palabras son todo un honor para mí máxime proviniendo de vos. Él insistió: Es mío el honor madame, pero como ya le he comentado, percibo algo misterioso esta noche. Debo manifestar que el hueso que mordía su perro era un fémur y juraría que humano. No olvide usted que además de negociante soy médico. Entonces fingí un repentino desvanecimiento.

Sir Propsma entró al salón. Dio parte de mi indisposición. Todos, a excepción de Sir James, me acompañaron a mis aposentos, incluida la señora de Sir Thomas que había mejorado considerablemente. El padre Adams ventilaba mi rostro con un flabelo egipcio en tanto sujetaba apretadamente mi mano izquierda; mi leal mayordomo me preparó un licor de hierbas, aduciendo que padecía de presión arterial sistólica. Lo cierto es que él sabía que debía tomar un trago contundente de alcohol. Ya me estaba cansando de mi simulacro. Sir Flambeau, que era el ser más insípido del universo, además de padecer una intolerable halitosis, me gritó al oído: madame, ¿mejora usted? Mi plan consistía en hacer que me recuperaba gradualmente. Desperté mostrando cierta confusión, abrí los ojos lentamente y miré como aquel que no recuerda nada, al mismo tiempo, manifesté rostro de sorpresa al verme encamada y circundada por mis invitados. Con un leve tono de voz, pregunté: ¿Qué ha ocurrido, por qué estoy en cama? Sir Propsma respondió: ¿No recuerda que ha sufrido en achaque? Estábamos muy preocupados por su salud. Celebro que haya vuelto en sí. El padre Adams añadió: La marquesa de Montespino es una dama extremadamente delicada y no puede recibir disgusto alguno, espero Sir Propsma que su diálogo con ella en el jardín no haya propiciado esta situación. Sir Propsma se mostró prudente.

Irrumpe el mayordomo nuevamente en mis aposentos y anuncia: Sir James me ordena comentaros que os espera en el salón con el ruego de que todos acudáis para dar comienzo al pasatiempo pendiente. Atendimos este requerimiento y ya, sin más dilación, acudimos junto a Sir James.
Al vernos exclamó: ¡Por fin damas y caballeros os halláis visibles, ya empezaba a aburrirme! Sir William, volvió a sonreír de esa forma retumbante que tanto aborrecía. A continuación le consultó a Sir James: Estimado James ¿Cual es la historia que ha decidido exponer esta noche? Sir James encendió nuevamente su pipa, y al tiempo que exhalaba humo por su boca, respondió: La historia de esta noche ya ha dado comienzo Sir William.
Todos le miramos con asombro. Sir Thomas exclamó: ¿Que ha dado comienzo, cuándo…?

Sir James, con ese aire carismático que le caracteriza, empezó a hablar: Al igual que la Sra. de Sir Thomas yo también he visto al marqués de Montespino, así pues no está en las Indias, eso es obvio. Por otro lado, ¿alguien ha escuchado algún ladrido de esos feroces dóberman? ¿Qué me decís del hueso que portaba el perro que irrumpió en palacio? Yo aseguraría que era un fémur. ¿Cuál es su apreciación Sir Propsma? A vos madame la he visto muy nerviosa mientras charlaba en el jardín con Sir Propsma. ¿Tal vez por eso sufrió esa repentina indisposición? Por otro lado, ¿es cierta la rumorología de que mantiene usted una estrecha relación con el padre Adams? Muchos comentan que sois amantes. Es posible que su esposo fuese un impedimento en su vida. Y también es más que probable que decidiese deshacerse de él. Corríjame si me equivoco madame. Sir Williams comentó: En efecto Sir James, yo también me he percatado de todos los detalles que usted asevera en sus observaciones, es más, me ratifico con sus palabras. Añade Sir James: ¿Y vos Sir Propsma nada tiene que decir respecto al hueso? Sir Propsma responde: No cabe la menor duda de que se trataba de un fémur. Sir James insiste: Sí, claro ¿pero humano? Sir Propsma con voz temblorosa dijo: Sí, humano.

Tras una impaciente y desasosegada espera, replico algo exaltada: ¡Sir James no le permito este tipo de acusaciones ante mis invitados y aún menos en mi casa! Le ruego de inmediato tome a bien marchar. De nuevo irrumpe Sir William: ¡Ja, ja!... ¡Esto sí que es aún mejor!... ¡Qué genio repentino el suyo madame!... ¡Ja, ja, ja!... ¡Se siente acusada! Pero su marido no está en las Indias…Díganos qué ha hecho con el pobre desdichado. Sir Flambeau interviene: ¿Es probable que nos lo hayamos comido? Toda la cena –a excepción de los quesos- incluido el postre, estaba elaborada con carne y puede que los desperdicios del cuerpo mantuvieran a los perros en silencio. También de ahí que apareciese ese fémur humano.
El padre Adams se apresuró a socorrerme: ¿Cómo osáis acusar de asesinato a la marquesa de Montespino?

Lo cierto es que todos quedaron impactados ante la alegación de Sir Flambeau. Apenas pasados unos segundos, ante la terrible sugestión que padecían empezaron a vomitar la cena. La mayoría exclamaron: ¡Claro por eso la carne se elaboró con tantas especias¡ ¡Dios nos hemos comido al marqués! ¡Debemos denunciar este crimen! ¡Sir James llame usted de inmediato a la policía! ¡La marquesa no debe quedar impune! ¡Asesina, asesina…!

En aquel momento vi como la cara de Sir Wiliam se alargaba, lentamente experimentó la metamorfosis de pasar de pan redondo a una baguete. Regurgitó su estúpida sonrisa, además de la cena. Por mucho que me incriminasen, no sé si podría perdonarle su crimen, el de existir. Siempre me resultó un ser abominable. Mi desgracia aumentaba la felicidad de la mayoría de los presentes. Habían resuelto el crimen casi perfecto. Eso les ensanchaba el ego.

Encendí un cigarrillo, realmente habría prendido fuego sobre las barbas y bigotes de algunos. Me mostré templada. Incluso un aire alegre acariciaba mi rostro en tanto la policía estaba al llegar.

Y así fue. Una vez se presentaron los agentes, los invitados –a excepción del padre Adams- verbalmente me denunciaron.

Un agente comentó: Madame, no ha existido jamás una mujer semejante a usted. ¡Qué atrocidad, cómo lamento que su bella cabeza sea guillotinada! Una dama con su fortuna…

En ningún momento permití que mi cara mostrase expresión de pena, por poca, por ligera que ésta hubiera sido; no, no deseaba conceder tal gusto a mis acusadores.

Antes de ser esposada se presentó el marqués de Montespino. Acudió a abrazarme y me pregunto: ¿Qué tal la velada amada esposa? Todos quedaron boquiabiertos. Sir James manifestó: ¿Qué es esto, acaso habéis jugado con nosotros? ¿Y el fémur? ¿Y la carne? El padre Adams intervino: El fémur fue encontrado en una excavación próxima a mi parroquia Sir James, esta misma noche me dispondré a colocarlo en su lugar de origen, pues mañana vendrá un equipo de paleontólogos para examinarlo. El marqués de Montespino interviene: ¿La carne? La traje hace tres días de las Indias. ¿Acaso no era de vuestro agrado?

Los agentes se sintieron indignados y tras pedirme disculpas por doquier me preguntaron: ¿Madame desea usted que encarcelemos a estas deplorables personas por las graves vejaciones y acusaciones que han vertido contra vos? Respondí: No, claro que no, son mis invitados, tan solo jugábamos a un acertijo y han perdido. Eso es todo.

De lejos, más allá del jardín diría que a la altura de la cancela escuchaba la voz de Sir Wiliam…¡Ja, ja!... ¡Esto sí que ha sido extraordinario!... ¡Genial madame! ...¡Ja, ja, ja!... ¡Nos ha ganado a todos, incluso al mismísimo Sir James! ...¡Ja, ja, ja!...

Como os dije todos mis ágapes siempre son un éxito.



Madrid, 24 de Noviembre de 2011
Cristina García Barreto



viernes 18 de noviembre de 2011

Lavado interior


Exfolia su cuerpo
lo soborna con cremas
reafirmantes y anticelulíticas.
Obtiene piel de porcelana,
pero su corazón
palpita en un mapa de estrías.




Madrid, 18 de noviembre de 2011
cristina garcia barreto.


miércoles 9 de noviembre de 2011

Impotencia

No ando.
Mis pies me arrastran
como a una autómata
incapaz de escapar
de un laberinto.
Siempre la misma ruta
sin salida
mordiendo mi alma.
Corto de tajo mi lengua
porque, ya, tampoco hablo.
En el seco río de mi cuerpo
se afilan tambores muertos.
Todo el dolor
que la vida me dejó
ya no puede doler más.


Madrid, 9 de noviembre de 2011
cristina garcia barreto.


jueves 3 de noviembre de 2011

Frenar


STOP.
Estoy en rojo.
Detente.
Si me ves en ámbar
recuerda…
No soy un paso
de cebra
al que puedas arrollar
cuando desees.
Solo yo decidiré
si cambio
a verde.




Madrid, 3 de noviembre
cristina garcia barreto


jueves 13 de octubre de 2011

Huída


Necesitaba escapar, escapar como aquél que da el golpe perfecto. Dejar atrás la batahola de los cacharros, lavadoras y todos esos quehaceres domésticos, que jamás fueron agradecidos y centrifugaron mi pensamiento sin programa de aclarado. Me faltaba el aire y, sobre todo, libertad. Sentía que mi vida caía en el vacío con mayor velocidad que un ladrillo lanzado desde el cielo.

No podía dejar de pensar en el mensaje de Juan, que no pude rescatar. Mi ordenador dejó de funcionar, no me pareció buen momento para que se solidarizase conmigo. Era solo una máquina cuya vida útil no alcanzó los dos años. Observaba mi álbum de fotos, ya habían pasado cuatro lustros. Llegué a obsesionarme con el espejo, veía mi cara transformada, consumida. Dos matrimonios rotos, cuatro hijos y un tercio de mi vida regalada. Qué menos para llegar a la conclusión de que merecía prestarme una parte de mi vida.

Y me fui, tal vez, de forma disparatada, sin dejar reseñas de mis nuevas pisadas. Llené una pequeña maleta con lo más imprescindible. Salí al mundo, me convertí en viajera alguien que deseaba caminar en libertad. Necesitaba vivir una nueva aventura, ¡qué nueva! La primera. Experimenté multitud de sensaciones extrañas, más por ser nuevas, que por ser propiamente extrañas.

Debía buscar trabajo, pero quería hacerlo de forma itinerante, así pues, rompí mis títulos universitarios, rehusando cualquier circunstancia que nuevamente pudiera anclarme.

En una de las ocasiones que hice auto stop, conocí a un hombre de aspecto desaliñado, me preguntó hacia dónde iba, le respondí que, posiblemente, nos dirigíamos al mismo lugar. Compartió un bocadillo de embutido rancio conmigo y también una cerveza. Me habló de un trabajo en un local nocturno. Nada perdía. Me decidí a probar suerte. El dueño del local era un hombre de pelo rasurado y canoso con enormes patillas. Su vestimenta me resultaba camorrista, aún más sus tatuajes, sobre todo, el de esa enorme cobra vietnamita.

En el club me sentía desorientada, casi todos hablaban idiomas prácticamente incomprensibles para mí. Lo que sí entendí es que consumían whisky barato y se hundían en sus copas como peces alcoholizados.

Se me acercó un cliente, parecía primo hermano del dueño del local, al menos, aprecié que tenía el mismo gusto por los tatuajes.

Me preguntó:

― ¿De dónde eres?

― De ninguna parte y de todas.

― ¿Si?
Respondió el hombre con cierta dificultad y luego, exclamó a gritos.

― ¡Ey! ¿Vosotros de dónde sois? ¿Conocéis a alguien que no sea de ninguna parte y de todas? Pues aquí tenéis a una, la lista de la camarera.

Me pidió otro whisky, que no bebió, me lo arrojó a la cara.

De fondo sonaba una canción de Serrat… es caprichoso el azar.

Y, de improvisto, llegó Juan.
Limpió mis lágrimas alcohólicas y me dijo:

― Tantos años esperándote…

Le pregunté:

― ¿Aún me reconoces?

Me respondió:

― Sí. Y estás más bella que nunca.

Yo, tan solo, pude sentir agradecimiento. Me di cuenta de que el enamoramiento se había esfumado. Que todo se transforma con el tiempo.

Le rogué que me llevase a casa. Y aquí estoy, con la misma rutina de antes, ya sin echar en falta aventura alguna, pese a que nada nuevo pueda volver contar.


Madrid, 13 de octubre de 2011
cristina garcia barreto




sábado 8 de octubre de 2011

Fuera del cuadro


Siento
que salí del cuadro de mi vida;
y otros me pintaron a su antojo.
Tal vez, un dios miserable
juega conmigo.
Me convierte en títere
tirando fuertemente de mis hilos.
Mi elasticidad se mantiene.
No me parto.
La sonrisa que esbozan
los payasos refuerza
mi equilibrio.
Y, cuando actúo, soy convincente;
tejo mis hilos
con el arma blanca que arrojan
quienes acuden a verme.
Entonces soy yo quien sonríe.
Hallo paz
ausente en mi vida…
Pincelada en algún cuadro.


Madrid, 8 de octubre de 2011
cristina garcia barreto

sábado 1 de octubre de 2011

¿Ángel negro o ángel blanco?


Fui luna llena
en tu cielo
ahora ángel negro
de corazón impuro.

La materia
que tuve para amarte
se ahogó anoche
en la tormenta.

Quedé limpia.

Tu perfume
a convidado hedonista
traspasó mi vestido
y se enredó en la lluvia.

Marchó con ella.

Soy Luna llena
en mi cielo,
para ti
la noche más oscura.

Pero si repites
que soy ángel negro
con el alma impura
te dejaré
en la percha rota
del recuerdo.

Si caes
en el fondo del armario
no olvides
que mis alas de pecado
me impedirán
ser ángel blanco.


miércoles 14 de septiembre de 2011

Sombras

No te cambio


Busqué dichas inexistentes.
Pacté con sangre la renuncia
a la desgracia
sin advertir amor en mi horizonte.
Dejada en el asilo
más austero de las sombras.
Retrocedo a velocidad inenarrable,
contenta como quien dobla la esquina
de un bulevar pleno de altercados.
Avergonzada como el que va a la desesperada.
La edad ayuda a vislumbrar
pese a no ser inmune a la querencia.
La soledad es una tapia
donde nadie debiera apoyarse.
La vanidad no permite
compartir sueños.
Me quedo
en la jamba de tu puerta
donde siempre estuve
sin entrar
llamando al timbre
de la esperanza.




miércoles 7 de septiembre de 2011

Esta entrada va de premios.


Este premio me lo ha otorgado el blog http://pensamientosycartas.blogspot.com/ de Jane Austen. Aprovecho para recomendároslo.


Para recoger este premio se ha de seguir unos pasos:

1. Anunciar el premio en una entrada
2. Agradecerlo poniendo el link que lo otorga
3. Re-otorgarlo a 10 blogs
4. Poner el enlace de los 10 blogs premiados
5. Avisar a los ganadores para que lo reciban

Como bien dice, Jane, no es tarea fácil elegir diez blogs. Encuentro de Pensadores, no sin valorar a muchos escritores que -por las normas establecidas- le resulta imposible hacerlo ahora, considera premiar -sin atender orden de selección- a los siguientes blogs:

http://prosayversos.blogspot.com/
Surcos en el aire de María Jesús Garcés.

http://mariangardi.blogspot.com/
Paisajes del corazón de MariánGardi.


http://eva-la-zarzamora.blogspot.com/
Madreselva Rebelde. Eva.


 http://antoniopc.blogspot.com/
Cosas de Antonio. Antonio Cabrera.


http://elhumociegamisojos.blogspot.com/
La Solateras. Ana Montojo. 

 http://smelgarexo.blogspot.com/
S. Melgarexo. Tecla. 
 
http://pilariglesiasdelatorre.blogspot.com/
Pilar Iglesias de la Torre.

http://poetaenparo.blogspot.com/
MiLaGros.

http://manuelmartinez-carrasco.blogspot.com/
Escritores en red. Manuel Martínez-Carrasco.

http://xanelaliteraria.blogspot.com/
De Marisa.



Recibid mi más enhorabuena.



 

lunes 5 de septiembre de 2011

Sombras

Sociedad

Ese obedecer
sonámbulo
de la muchedumbre
es el paisaje inhóspito
de los tiempos
que corren.
Jamás
seré cómplice
de acciones
prefabricadas.
Critico
la insensibilidad
de las normas
por mala costumbre.
Pese a no sentir
la luz
de los elegidos.
Prefiero
el liderazgo
de las sombras
a los escombros
que caminan
hacia el exilio.


miércoles 17 de agosto de 2011

Sombras

Eclipse


Ahora, en esta ancianidad,
retrocede mi rebeldía
llamada virtud
que hace feliz al hombre.

Los días pasan
acelerados cuando no
se puede derrochar el tiempo.

Yo, inclemente en mi juventud,
no puedo rozar el deseo
de devolverme las pieles
que lustraban mi cuerpo.

Así, rugosa,
entre gritos de soledad
veo el comienzo inexorable
de ese mañana
que me deportará sin billete
a no sé dónde.

Quisiera esconderme
entre paladas de tierra
antes de que la lluvia
cale mis carnes.

Cuando no sienta
el menor pulso de coraje,
entonces iré a mi banco,
con el pecho descubierto.

Esperaré a ese eclipse
entre corazón y sombra,
ese, que deja suprimida
la memoria.


lunes 8 de agosto de 2011

Sombras

Tinieblas

En la noche, rebelión de sombras
combatiendo por la eternidad,
raudales de cuerpos merodean
sobre el influjo de la luna.

Afonía de formas amando la tierra,
amando, sí, con fiereza como la leona
a sus crías, como el cocodrilo a
sus víctimas más allá de la insana
depredación de sus pieles.

Se canjea sexo, se pacta con el aval
de la sangre, todo, por ser inmortal.

Las tinieblas les guían como zombis
sin techo, cuando son ellos quienes
sombrean la luz perdiendo los pasos,
pasos poseídos por una vida ya vivida.

No existe fecha de caducidad,
es el silencioso consumo preferente el que
llega sin llamar. Personas de elaboración
simultánea se alejan, otras, permanecen
hasta desconcharse como un buey de mar.

Los cuerpos aspiran el tacto de sus pieles
por no ser barridos por las ávidas sombras.

¿Por qué se van todos los cuerpos?
¿Quién odia sus carnes?

Y, ¿quién anhela sus almas?


Madrid, 8 de agosto de 2011
cristina garcia barreto