martes, 10 de noviembre de 2015

Hace poco, una gran amiga atravesaba un momento realmente duro. Me dijo que nadie le comprendía. Que no era posible. En principio me limité a escucarle, cosa de amiga, posteriormente, le dediqué un poema. Lo declamé con música de fondo y se lo envíe. Ésta se quedó pensativa. Me preguntó: ¿cómo es posible que puedas expresar lo que realmente siento con lo que te he comentado? Le respondí: porque todos tenemos malos días. Si prestamos atención a un ser humano, y si se es humano..., no es difícil empatizar. Solo es cuestión de Humanidad.
El poema se titula: Algunos días.

Algunos días....
No es premonición recoger mala siembra.
Sé que intenté procrear frutos de amor.
Di la bienvenida a tu paisaje,
recogí tu acercamiento en pro de ventura.
Camino sobre asfalto húmedo
suelo que creció de los átomos de mis lágrimas;
oscuras y afinadas por el coro de tragos carbonizados.
Pesadas en mi día,
agitadas, sal picantes
hasta alcanzar la altura de un cielo.
Esa fusión de sentimientos
donde la luz se aplasta y derrite.
Toda mi visión en negro.
Mis ojos cerrados o abiertos
en cualquier caso,
de vista perdieron mi propia vida.
Los amigos no están.
La vida repite menús de agonía,
al menos esa vida que dice pertenecerme.
Mis fuerzas a la par de mi horizonte
cercano por su lejanía,
recogen vómitos de dureza.
Dulces labios pintados de carmín agrietado.
Besos de hiel y miel hacen estrías
en las llagas de un recuerdo
presente y ausente.
No existe el tiempo,
no están los amigos.
Solo una puta vida
que día a día recojo
y me vomita.
Cerraré el último bar más cutre
de este mundo.
Me partiré con la penúltima risa
y moriré borracha y perdida.
Esa es aquella,
mi vida.

Ps.: Su vida; mi vida; la vida de muchos, tal vez, en un momento dado.
(Reservados derechos de autor)

miércoles, 12 de noviembre de 2014


Im Paciente


He conseguido respirar templanza
a base de ingerir nervios;
¿habré sobrepasado la meta de la tolerancia?
Si os digo que me vence el cansancio
dejad que sean mis ojos los que hablen por mí.
Las fuerzas endebles de mi alma
exfolian las difuntas células
siempre presentes en los avatares de la vida.
Renazco ante el arduo propósito de aletargar
ese asomo de la sombra que dibuja la muerte.
Sí, renacer una y otra vez. Renacer estando,
renacer en la ausencia. Pues así se han de prestar,
llegado el momento, todos mis sentimientos
cual recuerdos reciclados
en algún corazón que hermanó con el mío.
Cuántos pensamientos patrullan en mi cabeza
ante esta privación de libertad.
Ya conté todos los azulejos de las paredes,
sus grietas, sus huellas, las asimetrías
de la pintura del techo…
Si observo la herrumbrada manecilla de la puerta
aumenta mi repulsión. Contengo mi necesidad
de higiene, no soporto que me auxilien.
Me contamino de ruido, frío, dolor, sumisión y miedo;
me contaminan de fármacos.
Nadie reconoce que no existe antídoto para mi salvación.
Estoy en un submundo de dioses displicentes, negligentes,
egocéntricos. Transmiten desazón al repintar
de negro la esperanza.
¿Serán capaces de sentir el más nimio escalofrío
si traspasan la muralla y ocupan mi lugar?
Soy la quinientos veinte.
Si alguien pasa ante mí y escucha retumbar
susurros imaginarios, si alguien reconoce
haberlos sentido, que se dé por cuerdo
dentro de esa locura que en todos los seres habita.
Nebulización, un tac, una panendoscopia…
¡Por fin llegó el día!
Fin de la historia.
Se emite informe competente y ético;
firma el especialista correspondiente.
La pluma no se seca, no llora ni lamenta.
Se ordena mudar la piel de la habitación
y dar paso a otro posible pretérito.

 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Recapacitar


Jamás recuerdes lo que debes olvidar.
Sé que tienes pensamientos que, en carne viva,
trazan mapas maltrechos repletos de impedimentos.

Ve de ida y evita esa vuelta sin leyenda,
tinta seca incapaz de hidratar tu alma.


Mira tus manos agrietadas por la vida,
pero no observes los poros que dibujan rostros
mezclados en la más amarga bebida.

No, no te hagas vestidura de tierra espumada,
ni mancilles sin tu piedad a las almas extraviadas.
Pues el odio aniquila en tanto la esperanza disipa tu corazón.

Si yo te dijese en hebreo que recibirás las monedas
hiladas a tus buenos actos, en esas palabras que siempre
se funden: Amor y Muerte.

Y si te dijese que pese a la ausencia de tu habla
me llegan tus vocablos, ausentes de hielo pero con frialdad.

Y si te dijese que tus plegarias son vanas
porque no sabes perdonar.

Y si te pidiese que nacieses nuevamente en mí
para no aniquilar nuestros sueños.

Y si te dijese...
Esperaré a que aprendas a escuchar.



Cristina Gª. Barreto.

lunes, 15 de abril de 2013

¿Cuándo seré yo?


¿Cuándo seré yo?

Mis pasos jamás dejaron huella para nadie, por más que anduve por muchos lares. Mis besos lacrados tampoco retuvieron un amor que justificase mi soledad. Solo obtuve palabras hirientes, ésas que transgreden y producen frío en el alma. Nunca logré ser insensible al desafecto, tal vez porque persigo de forma inconsciente los sueños. Mi amor nunca fue amor para nadie. Mi vuelo no se sostuvo en el aire. Mis alas quedaron prendidas en las agujas de un tiempo insostenible, cayeron. Aparece una fuerza que me cala el pulso. Es la dura transición entre la realidad y el sueño, y aún así, parece como si nunca terminara de despertarme.

Casi aferrada al inconformismo, apelo prisas al futuro, así todos los días. Por contra, el fiscal que revisa mi vida emite fallos que me dejan dormida. Y así, tan dormida como una anatomía de plástico, sigo suplicando bendiciones de los dioses pese a que provengan de una religión decadente. Porque sé que jamás formularé plegarias a los cipreses, antes escribiría exequias en mi memoria. Acostumbro cerrar los párpados porque sé, éso sí lo sé, que así me llegará la poesía, sin que los errabundos fantasmales me alejen de mis letras. De la decadencia infértil de las esquinas, del sótano sin caricias, de las sombras que pintan de lluvia mi rostro, de las sillas vacías y vertiginosas, de los ojos que me detienen ante su ira – como un semáforo en rojo-.

Deambularé lejos de libros apócrifos, de amistades forjadas de cianuro.

¡Qué difícil ser yo en este mundo!



martes, 13 de noviembre de 2012


                    La muñeca de trapo

Gustavo y Patricia sintieron ese acercamiento que ciega y parece alcanzar la perfección, es decir, se enamoraron. Ella debía partir a otra ciudad con su familia. Sus progenitores decidieron seguir manteniendo la residencia que poseían en San Miguel de Tucumán.

La relación de los jóvenes se mantuvo, pues a fuerza del cruce de tantas cartas entre ambos, ¿quién le permite una victoria a la distancia? Máxime si se trata de la pasión más primitiva del hombre.  Pese a la resistencia de los padres de Patricia − única hija y heredera de una considerable fortuna − el amor se retroalimentaba a través de ese apego que no obedeció a negativa alguna. Ambos acordaron contraer matrimonio en San Juan. Aún sin saber si esa huída podría resultar un acto de cobardía.

Y, apenas nueve meses después, nació Sandra, esa hija tan deseada. Esa hija prematura que no pidió nacer y, por tanto, poco le importaría su paso por la vida.

Sandra era una niña traviesa, de pelo cobrizo y unos bellos ojos color miel heredados de su madre. Creció sana y feliz, bajo el cuidado de sus protectores padres. Su primer regalo fue una linda muñeca de trapo. Jamás se separaba de ella, ni tan siquiera para dormir.

Transcurrido un tiempo, después de que la niña cumpliese cinco años, su padre tuvo una terrible reacción alérgica. Patricia se asustó, observó que su marido no podía respirar. Rápidamente le llevó al hospital. En el asiento trasero del coche estaba Sandra con su muñeca, su rostro parecía enmascarado por una diabólica mueca. Gustavo estuvo a punto de perder la vida, fue ingresado con nebulización. Su estado revestía una acusada gravedad.

Por primera vez, los padres de Patricia fueron a verla y, ya de paso, conocer a Sandra, su nieta.

Lejos de mejorar, Gustavo empeoró. Esto resultó ser un nefasto presagio que se encalló en el corazón de Patricia.

Nadie sabía qué imágenes discurrían por la mente de Gustavo, ni tan siquiera si era posible que escuchase algo.  Él se encontraba en el mayor vértigo de la angustia. En apariencia hacia los demás, dormía. Lo único visible y casi tan lastimoso como su estado de inmovilidad era la extrema sudación de su cuerpo.

No hace falta explicar que la vida deja de ser intolerable cuando se teme la presencia de la muerte.
 
Gustavo experimentó el acercamiento a ese túnel que siempre ha sido tema de discusión acerca de la supervivencia tras la vida. No divisó ninguna luz, ni hermosa figura. Se vio errando por las calles de un pueblo devastado. Los habitantes eran como maniquís de paja. Muchos estaban mutilados, sus caras parecían manifestar un gesto agradable, pero a él le causaban pavor. De pronto aparece una extraña escalera, así, como un cuadro iluminado que aparta toda bruma. Fija su atención en esa escalera que apuntaba muy alto pese a no tener barandillas ni sujeción alguna. Ve a Patricia cuando era niña, subiendo juguetona y alborotada, feliz con los cánticos de su infancia, tras ésta, sube con rapidez Sandra, silenciosa, como una serpiente que va tras su presa. Acto seguido, ve cómo su hija arroja a su esposa hacia un vacío perdido en el espacio. Sandra se vuelve y saluda a su padre con la mano en tanto besa a su inseparable muñeca de trapo.

Los padres de Patricia entraron en la habitación del hospital y le abrazaron.  Sandra miró a sus abuelos, observó que algo traían bajo el brazo. Se trataba de un paquete envuelto en papel de celofán. Se dijo a sí misma, es para mí. Efectivamente, se trataba de su regalo. Al desenvolverlo se enfureció, era una muñeca veneciana. Ella jamás permitiría que nada fuese más bella que Ofelia, su primera muñeca, ya desgastada, manchada, carente de ojos y  vestidura rasgada. Dio las gracias a sus abuelos, posteriormente tiró la muñeca por un inodoro del centro. Regresó en puro llanto, ese llanto que no hace lluvia y tan solo chispea sin conseguir emanar lágrimas certeras. Afirmó que alguien le empujó y la muñeca se despedazó. Sus abuelos le dieron ánimos y prometieron comprarle otra. La pequeña se sintió flechada por la mirada de su madre.

Patricia, tras quedar atrás esa disfunción familiar que no le permitía llevar a su hija al colegio, decidió reiniciar una vida, relativamente, normal. Acude con la niña al centro escolar. Obviamente, dio todo tipo de explicaciones acerca de la inasistencia de Sandra. La maestra le habló sobre los cursos de cocina y la extrañeza que le produjo que Sandra insistiese en poner manteca de cacahuete en las galletas, pues estaba acordada otra receta distinta. Patricia era celiaca, por lo tanto, no ingirió ninguna galleta. Gustavo sí tomó de ese postre para que su hija se sintiese congratulada. Era alérgico al cacahuete y no poseía un buen paladar.  Eso, bien lo sabía Sandra. La maestra tras dar entrada a la niña a su clase, dio manifiesto a la madre de la misma sobre su extraño comportamiento. Le dijo que no era sociable y que en la hora del recreo se arrinconaba en el patio con su muñeca. Propuso que, tal vez, era aconsejable la no permisión de llevar ese juguete al colegio, e incluso ninguno, como norma general, para no discriminar a ningún alumno. Patricia asintió de forma gesticular sin pronunciar palabra. Se limitó a alegar que debía ir con urgencia al hospital.

Una vez allí, casi sin aliento, con el rostro pálido, al borde de un ataque de ansiedad, comentó a los médicos el motivo de los síntomas de su esposo.

Al fin, Gustavo parecía mejorar, pero la tristeza y el dolor de Patricia siguieron en aumento a medida que pensaba en la niña y en la posibilidad de haber perdido a su esposo.  Le abandonó su color, y las constantes de su pulso disminuían o aumentaban como una olla a presión cuando se le pone ante el fuego o se la retira del mismo.

Pasados seis días, los médicos consideraron dar de alta hospitalaria a Gustavo por curación. No sin advertirle que extremase sus cuidados en el tema alimenticio.  Le aconsejaron que llevase un collar que advirtiese de su alergia.

Se dirigieron a su casa. Durante el trayecto, Gustavo observó que el rostro de Patricia reflejaba pena, y lo peor, su alma parecía estar envuelta de dolor. Ella no le comentó nada sobre las galletas que Sandra elaboró. Igualmente, su esposo jamás le habló de sus sueños. Allí les aguardaban los padres de Patricia y la niña. Como él no podía remediar tener otros suegros, no le quedó otra que disimular todo lo posible. Lo más terrible es que al ver a su propia hija sintió una aversión enorme, se dirigió al mueble-bar y se sirvió un cóctel de tequila. Luego, otro, posteriormente otro más, así, hasta vaciar varias botellas. Patricia hizo otro tanto de lo mismo, incluso volvió a adquirir el vicio del tabaco.  Una vez acostados los suegros y la pequeña, la pareja halló más tranquilidad. − En ocasiones,  en contra de lo que se diga, une más el amor que el odio −. Subieron a la habitación, se miraron, se transmitieron, sin necesidad de recurrir a la palabra, todos sus sentimientos. Fusionaron sus cuerpos hasta abrir la fuente que mana del sexo.

De repente se sintieron observados, escucharon un sonido que obedecía al ruido herrumbrado de la puerta del dormitorio. Gustavo se levantó de la cama, la puerta de Sandra se cerraba en ese momento. Para él era elocuente que su hija estuvo presente, mirando...No quiso decir nada, ni tan siquiera  acercarse a ella. Volvió a la cama con Patricia. Ésta le interrogó, él le dio calma, únicamente le mencionó que debía arreglar las bisagras de la puerta, pues estaban deterioradas y de paso mirar la antena del televisor, ya que movida por el viento había dejado de emitir señal.

El abuelo de Sandra mostraba una decrepitud física más que notoria, no podía andar a consecuencia de una artritis aguda que inmovilizaba gran parte de sus articulaciones. Por ello, debía sustentarse en una silla de ruedas.

El viento y la lluvia cesaron. El día despertó bajo la manta de un sol alegre. La abuela de la niña decidió salir con su esposo al porche de la casa a fin de que aprovechase esa calefacción que proporciona la naturaleza, lo cual le venía muy bien a sus piernas. La fragancia del baño nocturno del Galán de Noche, de las rosas y el césped, producían el bienestar de una vida en calma. La pequeña insistió a su abuela que le dejase con su abuelito, ésta última, consiente. Gustavo estaba subido al tejado con un medidor de campo a fin de orientar correctamente la antena. Escucha cómo su hija de forma ininterrumpida e impertinente le pide a su abuelo que le narre un nuevo cuento − habría sido el tercero −, pero éste estaba fatigado y le repetía que, por favor, le entrase a la casa. Entre el porche y el jardín había un espacio enlodado con cierto relieve. Sandra cautelosamente se aseguró de que nadie le mirase, eso creyó, acto seguido decide empujar la silla de su abuelo con todas sus fuerzas, apuntando la caída de forma premeditada hacia el barro. Posteriormente, marchó cantando en dirección a su casita de madera ubicada en la parte posterior de la casa.

Gustavo, ipso facto, saltó desde el tejado a fin de ayudar a su suegro. Le recogió con esa fuerza de flaqueza que desaparece cuando el cuerpo requiere resistencia. Le llevó adentro de la casa, su esposa y su suegra se hallaban en la cocina preparando tártara de manzana reineta, ambas eran amantes de la repostería de su tierra argentina. Inmediatamente, les solicitó ayuda. A la mayor premura llamaron al médico. El anciano rehusó un ingreso hospitalario, él sabía que se moría, apenas con un ligero hálito de vida le dejó una breve nota a su esposa. Escribió: ¡Aléjate de la maldita!

Sandra apareció con Ofelia, esa muñeca que más allá de ser un personaje imaginario para una niña, era un ente plantado en la insensatez de una mente novelesca.

La madre de Patricia, tras el óbito de su esposo, le rogó encarecidamente que le acompañase a San Miguel de Tucumán, lugar donde acontecería el sepelio. Su propósito iba más allá, temía vivir sola, deseaba enmendar sus errores, sobre todo, los cometidos con Gustavo, al cual llegó a adorar.

Patricia habló con su cónyuge acerca del proyecto de la suegra de éste. Gustavo, francamente, entendía la situación. Bien sabía que llorar en soledad acrecentaba el daño, era muy piadoso y sintió una profunda compasión por su esposa y  la abuela de su hija; además, tenía posibilidades de prosperar más con su trabajo en la Universidad Nacional de Tucumán. También deseaba vender la casa de San Juan, olvidar, dejar atrás los recuerdos, ya no soportaba salir al porche ni volver a subirse al tejado.

Todos eran conscientes de la actitud de Sandra, todos guardaban sus secretos y mostraban − ignorancia −. Pero en el fondo de sus almas imperaba un secretismo que obedecía al miedo y, quizás, ese deseo de salvarla fuese un intento lisiado.

Acudieron al sepelio del difunto esposo de Amelia − madre de Patricia −. Había una gran concurrencia, principalmente de aristócratas, digamos que presuntos amigos. Santiago fue sepultado en el panteón familiar de los Montalvo, sito en la principal mansión que poseía  su esposa y donde se hallaban los restos de sus antepasados.

Amelia se despidió de su hija, de Gustavo y de Sandra. No sin antes rogarles que agilizasen los trámites de la mudanza acordada. Allí quedó en pleno llanto con una expresión que simbolizaba toda palabra.

El traslado fue breve gracias a la encomiable labor de Gustavo que tampoco iba a dar rienda suelta a tanto sufrimiento.

Transcurridas dos semanas, cuando iban de regreso a la residencia de Amelia, Patricia se sintió indispuesta. Lo cual motivó realizar varias paradas. Sentía náuseas, regurgitaba. La niña no preguntaba, hablaba con su muñeca.

Una vez ubicados bajo el techo de Amelia, Gustavo acudió con Patricia al médico.

¡Qué alegría! Esperaban un bebé ¡Bendita enfermedad!
De vuelta al que ya era su nuevo hogar, les aguardaba Amelia, con un nerviosismo desesperante. La pareja sonrió al verla. Ella, que era muy inteligente, tocó el vientre de su hija. Y volvieron a derramar lágrimas, esta vez, de ilusión, conducto que, supuestamente, lleva a la esperanza.

Sandra se movía entre la soberbia y la cólera. Se encerró en su habitación, la cual su abuela había adornado con sumo gusto, además de repletarla de preciosos juguetes. Habló con Ofelia, su muñeca, y le prometió que nadie se interpondría entre ellas.

La residencia era majestuosa, señorial; poseía una biblioteca de alta riqueza, no solo por la calidad de las obras, también por las reliquias manuscritas que se remontaban a tiempos inmemoriales, un verdadero ensueño para cualquier amante de la literatura. La galería de cuadros de los Montalvo resultaba imponente. Esas pinturas genealógicas parecían tener vida propia. Simulaban seres vivos…Expectantes de sus descendientes. El primer piso se comunicaba con el segundo a través de una amplia y valiosa escalera de mármol. Los peldaños revestidos de una enorme alfombra oriental elaborada a mano se pareaban con los tapices de las paredes y, cuando se llegaba al final de la escalera, una enorme cúpula acristalada superaba la inmensidad del arco iris. 

Amelia contrató a un famoso pintor argentino, alumno del maestro Antonio Berni, a fin de que éste retratase a su hija, su yerno y su nieta, pues pretendía ir completando la galería de retratos de los Montalvo. Patricia insistió en retratarse con su esposo. Hecho que rompió la tradición. Su madre no puso el menor obstáculo a su deseo. Sandra solo permitiría su estampa en un lienzo si era en compañía de Ofelia.

El cuadro de la pequeña resultaba algo tétrico: sonrisa forzada, mirada sentenciosa y, cómo no, esa muñeca de trapo. Ambas eran pura poesía, como una oda al mal.

Pasaban los días…Gustavo se incorporó a la Universidad Nacional. Era un joven catedrático con talento, hecho que le abrió grandes perspectivas en este nuevo trabajo. Su esposa intentaba descansar, habitualmente, se encontraba indispuesta, abandonó el mundo laboral 
− temporalmente −. Se entretenía con el ganchillo, hizo preciosos suéteres para su hija y el bebé que esperaba. Amelia estaba feliz. A menudo iba a comprar todo tipo de enseres y muebles para ese nuevo nieto tan deseado. Ya se sabía el sexo, era varón. En realidad, la habitación del niño estaba lista para su llegada. Todos intentaban afinar su psicología al máximo, de tal modo que no deseaban que la soledad extraña de Sandra poblase sus sentimientos.

Un sábado, Amelia preparó un festín exclusivamente familiar. Sandra, como de costumbre, se encerró en su cuarto. Patricia, ya en su casi sexto mes de embarazo, estaba inapetente. Gustavo colaboró activamente, adornó el salón, también compró un pequeño sonajero para el niño que venía en camino y, evidentemente, algo más caro para su hija. Era una linda muñeca de trapo, nueva, sin costurones y con una cara que simbolizaba armonía.

Patricia estaba casi dispuesta para tal ágape. Gustavo sacó a la niña de la habitación. Luego bajó para seguir ayudando a su suegra. Al ver que no asistían ni su esposa ni su hija se dirigió hacia las escaleras. Y…¡Crash! Contempló como su mujer fue empujada por la niña y bajó bruscamente golpeándose entre los peldaños hasta caer al suelo. No se puede describir si el charco de sangre sobre el pavimento era más caudaloso que las segregaciones lagrimales de Gustavo. Claro estaba que Patricia estaba muerta. Amelia, prácticamente, lo presenció todo. Y lo que estaba por acontecer sin duda alguna. Gustavo,  en un arrebato de ira, fue a por su hija, colocó sus manos en el cuello de la misma y apretó fuertemente hasta dejarla sin respiración, sin vida.

Amelia le abrazó casi sin fuerzas, recordó la nota que le escribió su esposo en la que definía a su nieta como maldita. Se intentó comunicar con su yerno. La intención de ella era que quedase impune pues ya le quería como a un hijo. No lo consiguió. Él llamó a la policía y tan solo contó que mató a su niña. Jamás dio explicación alguna como causa atenuante. ¡Para qué seguir si ya no lo soportaba!

Su absolución sería la condena perpetua a la que le sometió el Juez.

Amelia ingresó en un centro psiquiátrico. En menos de tres meses, terminó suicidándose.

Conforme a su testamento, una vez sin familia que heredase sus bienes, éstos fueron cedidos en beneficio a obras sociales.

La mansión principal fue remodelada a fin de convertirla en un colegio mixto, bilingüe y de enseñanza especializada para aquéllos alumnos que la precisasen.

Algunas zonas como la biblioteca y la galería de arte fueron restringidas y custodiadas con cámaras de seguridad y vigilantes. Las visitas a estos lugares se planificarían por los profesores de forma guiada.

Mientras se ejecutaba la reforma de la citada casa, la plantilla de obreros sufría muchas bajas, también se requirió a más de un contratista y arquitecto.

Pese a los obstáculos, dicho centro fue inaugurado con éxito.

El cupo de plazas fue cubierto. Muchos niños quedaron en lista de espera.

Los niños observaban fenómenos extraños, se lo comentaban a sus progenitores, pero éstos suponían que se debía a la nueva adaptación al centro y al cambio de amigos.

Los lapiceros caían al suelo, las mochilas cambian de ubicación, los uniformes se ensuciaban de tinta negra, sentían empujones, roturas de gafas, voces y muchas cosas inenarrables. Aparte de eso eran regañados por sus maestros.

Estos chicos no soportaban ir al colegio. Concretamente, Iván, pues en una ocasión sintió como todos los secadores del baño se pusieron en marcha, así como las cisternas de los inodoros al tiempo que las luces hacían un juego intermitente de iluminación. Mojó su cara con agua fría, estaba sudando, al mirarse en el espejo vio una imagen. Salió a toda prisa y se sentó en el pasillo absolutamente aterrado.

Al día siguiente, tocaba esa visita guiada que decidieron concertar los docentes. Llevarían al alumnado a ver la biblioteca y la sala de cuadros.

Muchos quedaron  absortos ante tanta belleza, otros tiritaban.

En tan solo dos meses, dos guardias de seguridad dejaron su trabajo.

La dirección decidió contratar a personal emigrante, con experiencia incluso en defensa personal.

El más apto parecía ser un rumano, hombre fornido y de suma preparación. Pero éste no duró una semana en esa labor.

Muchos profesores se negaban a hacer guardia. El director tomó cartas en el asunto. Decidió llamar al cuerpo de seguridad del estado.

Allí se presentaron demostrando una actitud escéptica. Revisaron las zonas restringidas. En la galería de arte, el retrato de Sandra aparecía en negro, había salido del mismo. Las cámaras de seguridad captaron imágenes de ella con su muñeca de trapo. Se le veía claramente, no andaba, levitaba, al tiempo que sonreía y besaba a Ofelia. 









jueves, 20 de septiembre de 2012


Sendero de Vida  


No halló el sendero donde imperase su conciencia. Huía lejos de ella, no por cobardía, toda espera que aniquila la ilusión es una apuesta segura al dolor. Pese al sol tampoco encontró guarida donde prender con llamas sombras que ardían. 

Por mucho que se asomase a sus ojos, su alma escapaba lejos. Le llevaba ventaja y recorría entre Israel y Jordania un lago endorreico salado. 

En plena caza del desánimo, le pide una prórroga a su alma. Temía que no amaneciese. Necesitaba todo su yo para descubrir el llanto verde de algún paraje. 

En ese intervalo se alió con su sombra, ésta venía desgastada, cansada de su nado entre sales y también, de pisar hojas caídas que tapizaron los suelos de bosques desvestidos. 

Detuvo toda pausa, cargó con su integridad unida con cinta de celo transparente. Nuevamente su sombra desaparece. Se reduce a cenizas. Muertas se plantan en sus pies que yacen de esperanza, de fe. 

Se proclama el funeral de los árboles secos, la luz del día alumbra de espaldas. 

Ahora, su alma sonríe, le tapia los ojos y se siente cada vez más lejos de ella y más próximo a la muerte. 

Pese a todo, marchaba cada tarde al parque a respirar algo de aire, y si era posible, evitar el naufragio de los rayos solares. 

Observaba a las aves, nunca conoció sus nombres, las bautizó con apodos. 

Todas tenían distinta apariencia, y todas picoteaban en las ventanas de su casa. 

En una de esas tardes, un pájaro vuela hacia él y se postra sobre uno de sus hombros. Le mira de forma penetrante y le pregunta: − si podría donarle comida −. Los árboles estaban enfermos, sentencia inevitable por y para el hombre.

Sorprendido, le responde:− por supuesto, pero previamente deberás enseñarme a volar −. 

Tras varios rodeos por lugares colindantes, el pájaro siguió su vuelo, y él planeó como un halcón. Cayó sobre el cementerio sin poder descubrir las letras de oro con las que se escribe la palabra Libertad.  

Belinda escucha con suma atención la lectura de Carlos. 

Acababan de estar juntos, llevaban mucho tiempo aplazando ese encuentro. Caminando en las arenas, tachando las horas, ambos no sabían si desertar de su vida tan arraigada a la soledad, o, por el contrario, aunar pensamientos, sentimientos, compartir…

Belinda felicita a Carlos. Éste se sentía el poseedor de la escritura, el tambor del encuentro. Como un movimiento sísmico de protagonismo, gloria e inmemorable cautivador del corazón del sabor de la miel en los labios de su conquista. 

Belinda, jamás tuvo un corazón vagabundo, realmente sintió que había resucitado, que aún era posible permitirse el mayor antojo que le pudiese ofrecer la vida. 

La generosidad siempre invadió sus normas, y por ello, le envió a Carlos una caja de madera tallada a mano, en su interior depositó flores aromáticas, velas relajantes e incienso importado de India. 

Carlos quiso corresponderle. Acudió a una famosa librería para obsequiarle una obra valiosa. Al entrar se encontró con una gran concurrencia de los amantes de las letras. Ese día se celebraba la presentación del décimo libro de Belinda. 

Él se sintió inflamado por sus palabras, timado. Como si un mar revuelto le hundiese sin remedio. 

Ella no entendió su desprecio. Contactó con él mucho más allá de un reprimido juego de lujuria. Decidió ir a su casa, observó una puerta que no se abría al deseo. 

Carlos, finalmente, le invitó a pasar.

Belinda le comentó: − no entiendo tu displicencia. Me he entregado a ti y te he tenido en mi mente en la oscuridad más triste de este presente −. 

Carlos prosigue en actitud de talismán desbocado. Le dice: − ¿quién era el escritor tú o yo?−.

Ella se sintió impotente, como si una piedra se encallase en su garganta haciéndole regurgitar sangre por la boca. 

Al poco le contestó a Carlos: − jamás quise quitarte protagonismo. Tus palabras brotaban por mi corazón estremecido. No nos conocíamos. Me desarropé de mi talento. Ahora, que tus pájaros te cubran de plumas negras en la sequía del Mar Muerto −. 


jueves, 31 de mayo de 2012


Entre la sabiduría y la ignorancia 

 

− Es más que posible que las diversas inquietudes de algunos sean una mera siesta que conforme la vida de otros. Casi parece inadmisible levantarse y dar gracias al nuevo día cuando, tal vez, no signifique más que la impertinente repetición del día anterior. ¿Quiénes son los privilegiados: los ignorantes o los pensadores? Los pensadores supuestamente deben considerar muchos aspectos más sencillos de lo que realmente son. ¿Podríamos decir que tratan los temas con ignorancia? Por otro lado, los ignorantes son los que más afirman. ¿Serán por contra más sabios ?−. 

− ¡Vaya! Difícil dilema Sr. France. ¿Está usted cuestionando al mismísimo Aristóteles ?−.

− En absoluto Sr. Bronson, recuerde usted las afirmaciones de Galileo, no sin olvidar las suyas −. 

 Bronson rememoró frases de: Moliére, Moravia, Publio y muchos más, lo cual le condujo a una situación incómoda. France le observa. Contempla con enorme templanza cómo Bronson despeina sus largas patillas. − 

- Algunos consideran que la sabiduría es la habilidad que se amplifica a través de la experiencia, la irradiación de la reflexión, para así discernir la verdad y estar en posesión del juicio más curado. Otros afirman que la ignorancia es la carencia de conocimiento. También se considera que aquel que es capaz de controlarse hasta sonreír ante la mayor de sus adversidades, es el que ha llegado a poseer la sabiduría de la vida. Ante lo cual muy probablemente el que no posea esta cualidad sería un ignorante −. 

Pregunta el Sr. Bronson: − ¿señora, quien es usted para emitir tal juicio?−. 

 − Nadie. Le ruego disculpe mi intromisión, tan solo escuchaba y se me ocurrió aportar mi humilde opinión. Lo lamento −. 

 − Nada que lamentar. Le ruego tome parte en este debate. Responde el Sr. France −. 

− Manifiesto mi total acuerdo con unas palabras del Sr. Bronson que escuché aquí un día, él manifestó: “la enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia” −. Añade Margarit.

 − ¿Existe mayor ignorancia que la mía por no haberme percatado de su presencia? Porque realmente me causa cierta inquietud que se me pase por alto alguien como usted. Le comenta el Sr. Bronson −. 

La joven alega:- no. No diga usted eso, se lo suplico. Soy solo una observadora de la vida y me siento muy halagada por haber podido intercambiar algunas palabras con celebridades como ustedes −. 

Margarit, propietaria de una fisonomía muy similar a la de la emblemática actriz Rita Hayworth, sin precisar de interpretación alguna, era capaz de emanar una dulzura que bien se palpaba como el adorno más lustroso que simboliza a los ángeles. 

Se persona en la tertulia el Sr. Bacon. 

Margarit tenía sus reservas sobre las opiniones del mismo. Realmente siempre admiró más al Sr. Bruyere. El cual llegó apenas pasados dos minutos, tras El Sr. Bacon. No obstante, existía una frase del Sr. Bacon que siempre le llamó especialmente la atención: “la maravilla de un solo copo de nieve supera la sabiduría de un millón de meteorologistas”. Y otra del Sr. Bruyere que admiraba: “es una enorme desgracia no tener talento para hablar bien, ni la sabiduría necesaria para cerrar la boca”. 


Y así, sucesivamente, se incorporaban más “sabios” al citado encuentro. 

Sócrates hizo acto de presencia más tarde. Margarit, como diría el Sr. Asimov, estaba en total desacuerdo con algunas afirmaciones del citado filósofo, nunca le pareció acertada esta alegación: “no saber nada es un signo de sabiduría”. ¿Dónde quedaría pues el signo de la ignorancia, o, acaso se trata del mismo signo? Difícil y complicada interpretación. 

Acto seguido acude al encuentro el Sr. Baudelarie. Éste, tras percatarse de la presencia de Margarit, comenta: − la irregularidad, es decir, lo inesperado, la sorpresa o el estupor son elementos esenciales y característicos de la belleza −. 

El Sr. Catalina formula su réplica: − por muy poderosa que se vea el arma de la belleza, desgraciada la mujer que sólo a este recurso debe el triunfo alcanzado sobre un hombre −. 

Margarit se siente tremendamente dolida, inmersa en una hoguera donde ardía su desilusión. En ese momento le parecía que todos los presentes viajaban alrededor de su exterior sin importarles el protocolo que les había reunido. 

La Sra. Chanel que poseía una enorme intuición, tras ver los ojos de Margarit envueltos en un campo de cerezas a punto de derramar una inminente lluvia, expone su contrarréplica:
− las mujeres necesitamos la belleza para que los hombres nos amen, y la estupidez para que nosotras amemos a los hombres −. 

En ese instante, todos silencian, obviamente no deseaban exponer sus opiniones. Por un lado estaba la atrevida intervención del Sr. Catalina, por otro, la aguda sapiencia de la Sra. Chanel, no sin olvidar la expresión desvestida de sonrisa de Margarit. 

Ésta última, convertida en sepultura de paz, decide irse. Inicialmente se despide con estas palabras: − damas y caballeros esta tarde ha sido inolvidable para mí. Os agradezco muy sinceramente la luz de cada rincón de vuestra inteligencia. Debo acudir a mi trabajo. Ese es mi lugar −. 

El Sr. France se dirige a ella. -Por favor, Sra. Margarit tendría inconveniente en decirme dónde ejerce su actividad laboral-. 

-¡Oh no, ninguna! Cuido a un señor mayor que está enfermo. Es muy conformista. Todas las noches le tarareo una canción a modo de nana, es la única forma de que duerma. 

− ¿Quien es el conformista, usted o él? ¿Se puede ser feliz con semejante trabajo?−. Manifiesta el Sr. Bronson. 

− ¡Lo que no entiendo es cómo hemos compartido tertulia con semejante ignorante como usted!−. Exclama el Sr. Catalina. 

− El orgullo es un espejo severo donde la sabiduría no se reconoce −. Dichas estas palabras, Margarit marchó, dejando a todos desprovistos de ideas. 

El Sr. Bacon llama al camarero a fin de solicitarle el penúltimo café de la noche y también una copa de coñac. El camarero, un humilde servidor cuya calidad a la vista de todos era ver como sujetaba su sonrisa en todo momento, atiende rápidamente al citado Sr. Bacon. Conforme servía la comanda, dijo: − la sabiduría no es otra cosa que la medida del espíritu, es decir, la que nivela al espíritu para que no se extralimite ni se estreche. Es algo que aprendí de San Agustín −. 

− ¡Esto es el colmo! Exclama el Sr. Bronson −. 

La Sra. Chanel no podía hablar debido al elevado impulso que le propinaron sus propias carcajadas. 

El camarero regresa y dirigiéndose a todos comenta: − la Srta. que estaba con ustedes ha olvidado este manuscrito en la barra. Si alguien puede devolvérselo…De lo contrario, lo guardaré por si aún le quedan ganas de venir a este óbito de la sabiduría −. 

 − ¡Cómo es posible que este sirviente se atreva a hablarnos así. Tomaré las medidas precisas para que sea expulsado a la mayor celeridad de este lugar! −. Dice a gritos el Sr. Catalina. 

La Sra. Chanel, ahogándose en su propio regocijo, respira hondo y hace un comentario a este compañero: − te veo reflejado en la ignorancia, tu soberbia eclipsa cualquier sabiduría, qué digo sabiduría, no puedo dejarlo tan siquiera en nimia inteligencia. Yo me encargo del manuscrito e igualmente de que al camarero le suban el sueldo. Esta tertulia ha sido la mejor. Estoy plenamente satisfecha queridos todos −. 

Todos muestran su conformidad y, pese a que deciden avanzar en la tertulia, una sorpresiva niebla les alcanza, les enturbia y penumbra todo razonamiento. 

Entre tanto la Sra. Chanel, ante esa estación permanente donde los idealismos se herrumbran dando paso al destierro del ruido de los tambores cerebrales, aprovecha para iniciar la lectura del manuscrito. 

Varios de los contertulios solicitan al camarero a fin de saciar el nerviosismo a base de ingerir alguna copa. El camarero acude y toma nota de las comandas, las cuales sirve con gran profesionalidad. Una vez cobra la ronda, se le ocurre decir: “no me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia”. − Esto otro lo aprendí de Mahatma Gandhi. Un gran hombre…−. 

El Sr. France repara en el camarero, le considera un ser inteligente e idealista. Se dirige a él y le cuestiona: − soy imperfecto, por ello, preciso de la tolerancia y el bien de mis semejantes, igualmente sé que debo ser benévolo ante los defectos del mundo así, tal vez, pueda encontrar el remedio para acabar con este mal. Pero dígame: ¿quien es usted? −. 

− Lamento no poder darle una respuesta concreta. Solo puedo decir que os he desplazado en el tiempo. La mayoría de vosotros habéis perecido, algunos sin dejar buen ejemplo, pues la necedad no conduce a nada bueno, todo lo contrario. Estáis considerados genios. Pero realmente para alcanzar el reposo de los justos, debéis pasar la prueba a la que fue sometida Margarit. Leed su manuscrito, es en este documento donde realmente podréis comprobar la auténtica sabiduría y por ende enmendar vuestros errores. Ella ya alcanzó su lugar pues jamás le venció el orgullo. Porque como dijo nuestro amigo Félecité de Lamennais: “la fe comienza donde termina el orgullo”.− 


Madrid, 31 de mayo de 2012 
cristina garcia barreto.

jueves, 19 de abril de 2012

Vacaciones


Mi querida hija:

Es posible que te parezca injusto que tras dos años de vacaciones no te haya escrito hasta ahora, te ruego no me censures por ello. 

Verás, aquí los apartamentos son incómodos, sabes que no salgo y me ha costado mucho encontrar los medios precisos para poder escribirte esta carta. Siempre he poseído una mente inquieta. A mis años ya no creo que cambie aún estando en pleno recreo de relativa tranquilidad y absoluto aburrimiento.

Sé que has estado de paso engalanando de flores mi terraza con la mirada vuelta hacia el suelo, regando las rosas con tu llanto, mas no pude abrirte la puerta. Aquí lo tenemos prohibido, no es que sea precisamente un Psiquiátrico, ni reniego del milagro que termine definiéndonos como locos, porque, tal vez, nuestra vida ya está escrita y la cordura rompe la ilusión en mil pedazos. 

Recibimos cursos intensivos, a mí me seducen, parecen estar bendecidos por un maestro, alguien que bien simula no proceder de este mundo. Aprendo rápido y sé cómo desnudar mi alma. Otros no avanzan, permanecen congelados como estatuas. 

Tengo muchos vecinos, eso te alegrará. No imaginas cuánto te agradezco que me hayas enviado uno de tus libros, así no tengo que ceñirme a los límites insensibles del recuerdo. Es una forma de devorar el tiempo y tenerte presente en todo momento.

Lamento no haberme traído más enseres. El vecino del ático, entre otras cosas, se trajo una armónica. Creo que tiene el tejado limpio de excrementos pues hasta las palomas se ahuyentan cuando toca ese insoportable instrumento.

La vecina de la derecha se trajo todas sus joyas, no dejo de desoír su lamento pues dice que aquí no las luce porque los tragos de sol en la mañana no se reflejan en ellas ni tampoco los de las estrellas. 

En ocasiones, recito en alto tus poemas, muchos llenan sus redomas figurando que están plenos de orujo y cogen unos pedales que les hace girar el cuerpo. Así pues, los de derechas se posicionan y los de izquierdas también, los otros pierden el centro y tambalean. 

Tengo otros vecinos que viven en plantas bajas, estos afirman poder tocar algo de barro y conseguir mantener la piel más tersa además de sufrir menos reúma. 

Perdona si la caligrafía no es perfecta, la sangre que circula por mis venas no mantiene bien el pulso. Casi parece que mis letras caigan sobre las hojas empujadas por el viento. 

Estoy más delgada, con los huesos porosos, envuelta en una nube de hielo.

Hija, envíame otro libro. Sé que no está permitido escribir cuando se está muerto, espero que no me maten por ello. Ah! Y una mudita de ropa. Quiero estar presentable para el juicio.

No olvides, cuando llegue el turno de tus vacaciones, contratar un apartamento más amplio, esta constructora es un timo. También recuerda llevar linternas, hojas y pluma. Porque después de la muerte la mente vive.

Besos de tu madre y un hasta siempre mejor que un hasta pronto.

Solo setecientos treinta días y millones de noches.

Te quiero.


Madrid,19 de abril de 2012
cristina garcia barreto

martes, 27 de marzo de 2012

¿Qué es amar?



− ¿Es amar una afición, una regla, pura artería, el poder iniciador de la vida? ¿Tal vez un deleite, una experiencia pasajera? ¿Podría ser el hado de los hombres? − ¡Os estoy preguntando! ¿¡Es que nadie atiende!? −…

Cómo podríamos definir a Alberto Salio. Digamos que es todo un personaje arquetipo del ciudadano medio hispano-portugués, un hombre de acusado aire tímido y neurótico, obsesionado por el psicoanálisis, y con dificultad para relacionarse con las mujeres: un nuevo tipo cómico-dramático que ya había adquirido entidad en la universidad donde imparte sus clases. Delgado, excesivamente delgado, consumido por el nervio. Resulta difícil disociar al personaje de la persona, en ocasiones mostraba un porte aceptable y en otras una indumentaria inapropiada: pantalones de paño desgastados, suéter retro con nudillos de lana, las mismas gafas de montura de pasta ancha, zapatos embetunados de polvo. Ambos forman, aparentemente, un solo individuo fuera y dentro del trabajo. Muchos le veían como un inadaptado obstinadamente juicioso perseverante en sus métodos, a pesar de los miedos y neurosis que soportaban la base de su extremado poder de creatividad.

− ¡Os estoy preguntando! ¿¡Es que nadie atiende!? − ¡Vaya, Vaya! − Repetía Alberto a sus alumnos − ¿Es que aquí no hay nadie que haya nacido con cerebro? −  Tras una pausa que inconscientemente traicionaba todo tipo de entusiasmo en los alumnos, Rosa responde: 
− ¿podría ser amar, recíprocamente hablando, una suerte en la que no todos tropiezan?−.

El maestro le dice: − ¿pero es que usted solo tiene circunvoluciones anectantes en su cerebro? Porque su respuesta es completamente plana− La alumna no dijo palabra, miró con gesto torvo a su profesor en tanto descargaba sus lágrimas. Alberto volvió a lanzar la misma pregunta. En esta ocasión se manifiesta otra alumna, Virginia y comenta: − basándome en varias premisas que, individualmente o combinadas, la mayoría de la gente tiende a sustentarlas pues nadie piensa que el amor carece de importancia, pienso que, al contrario, todos estamos sedientos de amor. De ahí que tendamos a lograr que nos amen, hacernos dignos de ello aunque tengamos que coger muchos caminos. Pues para mí el amor es un arte que requiere mucho esfuerzo. Debo añadir que se ven innumerables películas cimentadas en historias de amor dichosas o desgraciadas, se escuchan centenares de canciones insustanciales que hablan del amor, y, sin embargo, usted piensa que Rosa no aprende acerca del amor, de qué es amar −.

Alberto exclama: − la única premisa que sustenta su actitud de que no hay nada que aprender sobre qué es amar, puesto que usted cree saberlo al igual que su amiga Rosa, es la suposición de que el problema de este acto no va más allá de un objetivo sino tan solo de una facultad, de un sueño o del azar. El principal camino que debe perseguir el hombre es el del éxito. Por el contrario las mujeres pensáis en ser atractivas cuidando con esmero el cuerpo y la vestimenta−.

Participa otro compañero de clase, Pablo: − maestro, pienso que tener modales agradables, conversación interesante, mostrarse útil, modesto, dócil o, al menos, aparentarlo, son formas de hacerse amar y de que los demás piensen que les amas, armas similares a las que se utilizan para alcanzar el éxito, para ganar amigos e influir sobre la gente. Mostrar ideologías políticamente correctas, amor a la patria, a la naturaleza, defender proyectos ajenos abiertamente sin exteriorizar que vamos a luchar por los propios. Además si consideramos el modernismo social pues eso de que para toda la vida…Y en formal acción matrimonial desmontaría el auténtico éxito de un hombre. Pongo de ejemplo a la era Victoriana y tantas otras civilizaciones donde los vínculos de las parejas se concertaban por intereses sociales, el amor no importaba, llegaría o no. Es lamentable que el concepto de romanticismo pueda ser un impedimento para los logros más importantes de los hombres −. 

El maestro alega: − empezamos a entendernos ¡menos mal que ha hablado un hombre! −.

Virginia se levanta enfurecida, se dirige hacia la puerta, no sin antes gritar: − ¡usted es un misógino! −.

Seguidamente atraviesa el patio de la facultad donde se cruza con alumnos mayores que ella. Los chicos no cesaban en proferirle multitud de piropos. A Virginia ya le pesaba el alias de “Barbie Super Star”. Intentó calmar su ira pero alguien cruzó esa línea a partir de la cual se rompe todo muro de contención. Así pues, su efecto inmediato fue arrearle una torta a uno de esos chicos. Inmediatamente prosiguió de camino a su casa. Una vez allí, en su escenario más privado, su habitación, se tendió sobre la cama lanzando chillidos de furia contra las paredes, éstos parecían rebotar sobre su cabeza causándole un gran dolor.

La abuela de Virginia irrumpe en su habitación. Se sienta en la cama y le acaricia con ternura. La joven le pregunta: − ¿cómo puedo tener ilusión?− Su abuela le responde: − cielo, la felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar la cúpula del éxito, y en adquirir cualquier antojo, ya sea al contado o a plazos. El hombre, la mujer, considera a la gente en una forma similar. Las personas atractivas son los premios que más se desean. Tú eres muy atractiva y además posees un conjunto de cualidades excepcionales que te hacen especial y por las cuales hay demanda en el mercado de la personalidad, y envidia pues a criaturas como tú no las compra el dinero, se nace con ello. ¿Cómo puedes tener una ilusión? Practicando tu propia magia −.

− Abuela no entiendo eso, necesito que me lo expliques −.

− Mi querida niña: la vida es un espectáculo, tú siempre porta tu chistera en el corazón y en la mente tu varita, utiliza todos los trucos que sean precisos para evitar el sufrimiento. Yo siempre estaré en ese sombrero mágico, tus padres ya lo están, ahora debes ser tú quien formule la ilusión y el contraataque con todo aquello que para mal te acontezca −. 

− Abuela, aún no entiendo, ¿quieres decir que hay que ser mago para hacer una ilusión porque es por magia que se hace? −.

− Algo parecido, pero no dormites, no existe un mundo perfecto, ni un príncipe azul, ni carruaje que te aparte de infortunios, debes concentrarte en tus fuerzas, en tu inteligencia. No olvides: la chistera ni la varita, ésas te darán toda la energía precisa para ser lo más dichosa posible. No es fácil definir una ilusión pero sí te ayudará lo que te digo. Debes avivar en tu mente las razones que conformen la realidad de tu vida. Sé como una adivina, encuentra cual es el truco y con tu varita lucha por tus anhelos. Esto siempre se lo contaba a tu madre desde que era pequeña. También le costó entenderlo, pero lo hizo −.

− Dime abuela ¿para ti qué es amar? − Querida niña: Amar es una ilusión despierta, sustentada por la paciencia, la comprensión, el respeto, la pasión... Es la puesta en escena de dos personas que viven en una sola alma desprendiéndose de su propio “yo” para singularizar cualquier propósito. Eso si al amor entre un hombre y mujer te refieres. Porque bien sabes que mi amor por ti es infinito −.

− ¿Es posible amar más a otra persona que a uno mismo?−.

− No es fácil Virginia, algunos tardan en valorar ese amor; otros aman más la política, diversas ideologías o profesiones…Pero al final cuando el furor se marchita al ritmo de la vida útil laboral, la mayoría están rotos en la entereza de un corazón vacío. Pese a ello, ya es tarde para echarlo a rodar porque jamás han podido amar a nadie, solo a sí mismos e incluso el cobijo natal también lo habrán perdido −.

− ¿Crees entonces que sigue existiendo el romanticismo?−.

− ¡Claro que sí, por supuesto! ¿Por qué dudas tanto? Verás, tu padre dio su vida por salvar la de tu madre a sabiendas de que la perdería. Yo dejé la docencia por cuidar de tu abuelo. Cariño, el amor es grandioso. Ya sé… Otra clase de Alberto Salio −.

− ¿Es que le conoces abuela?-. 

Se interrumpe la conversación entre abuela y nieta a raíz de una llamada telefónica.
Cándida, la abuela de Virginia, atiende la llamada.

La nieta baja las escaleras y le confiesa: − me fortalece saber que pase lo que pase siempre estarás conmigo −. 

− Vamos a cenar mi linda mujercita y luego estudia. Mañana no debes faltar a las clases ni darte a la fuga ¿de acuerdo? No olvides llevar tu chistera y tu varita −.

− Lo lamento, no me pude resistir. Pero dime: ¿conoces a Alberto Salio?-.

− Tomemos la comida antes de que se enfríe y haz lo que te digo. Hablaremos en su momento−.

Cándida era conocida por ser la primera mujer en poseer tres doctorados: Sociología, Políticas y Derecho. En su época fue impulsora de la elegancia natural, el modernismo, en vez de la sofisticación del glamour. Fue pionera Presidenta de un partido político. Realmente marcó muchas pautas en su juventud. Sin embargo su innovación, su prefiguración de la espontaneidad juvenil, su carácter siempre honró su nombre dibujado por una cara de ángel. También ejerció otras actividades como el baile, la música y, sobre todo, abundantes acciones humanitarias.

Provenía de una familia muy adinerada. Una de sus donaciones fue la construcción de la universidad privada donde acudía su nieta, lo cual le convertía en accionista única con poder sobre la junta directiva.

− Alberto si vieses a un Dios junto a tu puerta cuidándote, procurando que aprendas a amar a alguien sin que persistas ausente en su presencia. Si ese Dios siguiese tras la puerta, a los pies de tu alma, aún así seguirías viviendo en la oscuridad infinita de todas las noches que tapizas con tu orgullo...

Cuántas cosas cuestionas sin haber hallado tú mismo la respuesta. Siempre me dije: ¿de quién sería víctima, por qué se hizo verdugo? Tal vez jamás existió una víctima, pero sí una persona de ideas mal alumbradas que solo resplandecen en un río seco e infernal hendiendo las ilusiones de sus alumnos. Estrellándoles contra el crepúsculo de su libertad, de la igualdad, de su identidad… Una sombra que se sujeta a tus piernas y se baña en la marejada de las pisadas a los corazones inocentes sin suficiente autoridad −.

− Cándida se lo suplico, por favor, no siga −.

− Desde que te di clases supe qué minúscula era tu humanidad. La manejabas como un reloj de bolsillo inepta para cualquier uso de aceptación, sumisión... Posees tan poca bondad que bien podría ser intercambiable por una moneda de burla o, tal vez, por jabón que limpie la baba de los caracoles. Pero es posible que algún Dios haya permanecido a la puerta, a tu puerta, ignorándose a sí mismo e ignorando todo cuanto hubiese tras ella −.
− Cándida, insisto, se lo suplico, por favor, no siga −.

− Alberto Salio acude al Director, te está esperando −.

− ¿Cómo dice Cándida?−.

− Él te lo explicará −.

El Director del Centro habla con Alberto, le comunica su despido y añade que solo será readmitido si asiste como oyente durante el resto del curso a las clases de la persona que ocupará su puesto.

A continuación el Director se dirige al aula donde permanecen los alumnos y les anuncia el nuevo acontecimiento.

Todos los chicos saltaron de ilusión, para ellos era como un milagro.

Para asombro de Virginia se persona su abuela en la clase presentándose como actual profesora y tutora de la misma y del resto de sus compañeros.

Irrumpe Alberto pidiendo disculpas a todos y se sienta en el último pupitre del aula con temple tímido y avergonzado.

Esta vez todos los chicos saltaron con gritos y silbidos manifestando su malestar.

Cándida intervino de inmediato, dejó las bases bien sentadas y tras ello dijo: − mis queridos alumnos hoy nos vamos a dedicar a las oportunas presentaciones, deseo conoceros y que me conozcáis. Mañana hablaremos sobre la tolerancia −.